Por: Eduardo Barajas Sandoval

Bajo la bruma de Burma

Ninguno de los pueblos de la antigua Myanmar ha tenido una vida fácil a lo largo de los últimos tres siglos: primero los británicos, que la denominaron Burma, y después gobiernos de acentuado tono militar, que no terminan, la han mantenido bajo una espesa nube que dificulta la visibilidad exterior y fortalece el yugo de la arbitrariedad. 

La Compañía Británica de las Indias Orientales ganó la primera “Guerra anglo-birmana”. Tremendo nombre para una confrontación de resultado predecible entre la gran potencia mundial de la época y una nación de tribus perdida en un rincón del sudeste asiático, enclavada entre China, Laos, Tailandia y la India, con costa sobre el golfo de Bengala. Desde que perdieron esa guerra, los habitantes del país “aprendieron a vivir” sojuzgados, y no han podido escapar de esa tradición.  

Una hegemonía de militares aislacionistas y radicales convirtió en heroína mundial a Aung San Suu Kyi, a quien luego de ganar ampliamente unas elecciones encerraron en su propia casa, con el argumento de que podría afectar la paz y la estabilidad del país, y no le permitieron siquiera salir a recibir en persona, en 1991, el Premio Nobel de la Paz.

El encierro de la campeona de la libertad y los derechos humanos terminó diez años más tarde, y ahora, luego de que su Liga Nacional por la Democracia ganara otra vez de manera contundente, se ha convertido en consejera del Estado, esto es, la que dice cómo se debe gobernar, pues una ley expedida en otro momento por sus enemigos le impide ser presidenta, en razón de su matrimonio con un profesor extranjero, de quien enviudó en 1999. 

La curiosa experiencia de consejera exigiría que sea ella quien oriente la acción del gobierno conforme a su talante y sus principios. Pero una nueva tragedia se consuma al finalizar este año sobre el país: los miembros de una comunidad minoritaria, musulmana, están siendo perseguidos, masacrados o desterrados por los mismos militares que varias veces tuvieron encerrada a la campeona de la libertad y de los derechos humanos.

Los rohingya han habitado en el estado de Rakhine en condición de minoría religiosa frente a la mayoría budista de Myanmar. Sistemáticamente se les niega el derecho a la ciudadanía, y contra ellos, y sus asentamientos, se han cometido todo tipo de atropellos, en acciones que autoridades internacionales han calificado como prototipo de “limpieza étnica”.

La huída hacia Bangladesh, país musulmán, desde cuya frontera pueden ver sus aldeas en llamas, no es una solución. Allí no son bienvenidos a engrosar comunidades marginales frente a las cuales nadie quiere asumir obligaciones. De manera que protagonizan una de las tragedias más grandes de refugiados y de “limpieza étnica” de nuestra época, por la cual muchos culpan a San Suu Kyi por su falta de liderazgo y su aparente incapacidad de ser consecuente con los principios que a lo largo de tantos años defendió. 

La “verdad oficial” de Myanmar niega los derechos de los rohingya, evita llamarlos como tales, y no considera que ese sea uno de los principales problemas por resolver. Más allá de la indiferencia, la consejera ha manifestado dudas sobre la pertenencia de esa minoría a su pueblo, y sistemáticamente se ha negado a condenar hechos atroces cometidos en contra de los musulmanes. Cuando más, ha llegado a decir que la violencia es culpa de ambas partes, lo que es estrictamente cierto, dentro de una asimetría abismal. Ni Desmond Tutu ni el Dalai Lama, y ahora tampoco el papa Francisco, la han hecho salir de esa actitud de su inacción. 

El hecho de que continúen la cacería humana, los crímenes contra las mujeres, la destrucción de bienes y la violación sistemática de los derechos humanos de una población minoritaria, bajo el gobierno orientado por una ganadora del Premio Nobel de la Paz, ha llevado a que, desde diversos lugares del mundo se reclame con insistencia que sea despojada del galardón. La ciudad de Oxford ya votó de manera unánime para despojar a Aung San Suu Kyi de la “Medalla de Libertad” de esa ciudad, que le confirió en 1997 por su larga lucha en favor de la democracia. Similares propuestas están en curso en Londres y Dublín. Y St. Hugh’s College, de la Universidad de Oxford, donde ella estudió, ya ha retirado de un lugar prominente a la entrada del claustro el retrato que exhibía con orgullo hasta septiembre pasado. 

Resulta difícil concluir que Aung San Suu Kyi ha renunciado por conveniencia política a los ideales por los que siempre luchó. Tal vez, más bien, se ha visto arrollada por la complejidad de los asuntos del Estado y del poder. Porque una cosa es luchar desde fuera, con las limitaciones que sea, y otra es gobernar, cuando se multiplican las dificultades a sortear. 

Pocos conocen, a la hora de las responsabilidades, el peso enorme que en una nación tienen las interpretaciones de la propia historia y las formas de tratar los problemas de la sociedad. Salirse de las creencias con las cuales los militares condujeron el país a lo largo de tantos años, y apartarlos de la forma en la que ejercen su acción, no debe ser fácil para quien se lleva la sorpresa de que quien gobierna no tiene en realidad sino una cuota de poder. 

Seguramente quedan por descubrir muchos secretos bajo la bruma tradicional de la forma de gobernar en Myanmar. Pero, a pesar de las dificultades que eso entrañe, Aung San Suu Kyi debe comprender que en materia de principios universales de defensa de la condición humana no se admiten excepciones. Y si tiene eso claro, queda por saberse cuál es la proporción de sus posibilidades de controlar efectivamente las acciones de unos militares que, cualquier día la podrían volver a encerrar. 

Tal vez el caso de San Suu Kyi sirva para que aprendamos a tener un poco de compasión hacia los gobernantes. Solo ellos saben cómo pueden quedar atrapados en las contradicciones del poder, desde donde no pueden hacer lo que quisieran. Caso en el cual, para ser honestos, y antes de que sean merecidamente despojados de sus galardones, deberían estar dispuestos a jugarse el todo por el todo aun si el precio es el de irse, en lugar de tratar de quedarse a cualquier costo. Algo difícil ante la capacidad alucinógena del ejercicio del mando. 

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