Por: Armando Montenegro

Bajo la nube

EL PAÍS Y EL MUNDO ENTERO RECOnocen el triunfo del Gobierno y las Fuerzas Militares sobre las Farc, y aquí y allá se recibe con alegría el regreso a la libertad de Íngrid y sus compañeros de cautiverio. Con cada golpe se confirma que la guerrilla tiene los días contados.

Pero, pasada la euforia de las buenas noticias militares, los operadores económicos vuelven a sus negocios. Y allí encuentran motivos de sobresalto.

En la semana que pasó se conocieron cifras de inflación, empleo y crecimiento. La tasa de cambio, después de una breve excursión por encima de los $1.900, volvió a desplomarse. Y en la economía mundial siguieron los sustos: el precio del barril de petróleo acaricia los US$150, la economía norteamericana continúa debilitándose y las principales bolsas de Europa y Estados Unidos registraron fuertes caídas.

Uno de los hechos más graves fue el aumento de la inflación. Ya supera el 7% anual, muy por encima de las metas del Banco de la República. Los precios de los bienes que reflejan las cotizaciones internacionales, la gasolina y varios alimentos, entre otros, siguen desbordados. Como el Gobierno se resiste a hacer una seria corrección fiscal (el anunciado ajuste de $1,5 billones es insuficiente) y reducir los aranceles de los alimentos y otros productos, el Banco de la República, seguramente, va a tener que considerar nuevas medidas contraccionistas.

 El desempleo urbano está en ascenso, y en varias ciudades se acerca al 13%. Ante la desaceleración de la economía, esta situación se acentuará en los próximos meses. Tarde o temprano el Gobierno va a tener que aceptar que se revisen los impuestos que penalizan el empleo e incentivan la informalidad.

El crecimiento del PIB en el primer trimestre fue peor que lo esperado. Si bien estuvo afectado por el impacto de la Semana Santa (el año anterior fue en abril), hay motivos para pensar que la desaceleración general es más fuerte que la prevista. De acuerdo con las mejores proyecciones, el crecimiento del PIB en este año se ubicará entre 4% y 5%. Y no será mejor en 2009.

 Y el precio del dólar, que subió por unos pocos días por el efecto de las peleas del Presidente con los jueces, se vino abajo con la decisión de la Corte Constitucional de no revisar sus determinaciones sobre la reelección y, sobre todo, con la euforia del regreso de Íngrid. La revaluación seguirá siendo un tema de preocupación en las próximas semanas.

Ante los resultados domésticos y la difícil situación internacional, es indispensable que se examinen los fundamentos de la política económica. Muchas cosas deben analizarse. Sin cambios en materia tributaria y de gasto público, la situación fiscal se debilitará por el menor crecimiento, el impacto de los subsidios a los energéticos y las crecientes exenciones tributarias (amarradas por contratos de “estabilidad”).

 En materia energética hay un serio desorden en cuanto a precios, subsidios, impuestos, regulaciones e impactos ambientales de los distintos combustibles. Se requiere un replanteamiento completo, de acuerdo con una visión de conjunto, sin sesgos ni favorecimientos a algunos subsectores.

Las decisiones agrícolas parecen diseñadas para complacer con enormes subsidios y protección generosa a un puñado de grandes productores. El bienestar de la población, la equidad y la pobreza parecen estar en segundo plano.

Ésta es una oportunidad dorada para que el Ministerio de Hacienda y el DNP, por encima de los intereses particulares, impulsen una profunda corrección de la política fiscal, energética y agropecuaria. La inmovilidad es  injustificable.

 Las cosas no van a mejorar por sí solas.  Ellos deben ejercer el liderazgo.

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