Por: Juan David Ochoa

Bajos Mundos

Demasiado poder parecía demostrar Álvaro Uribe en sus años posteriores a su relevo. Tumultos iracundos a sus pies, un aura de emperador inmune a la sangre de su solapa y dos rostros reconocidos de la jurisprudencia siempre a sus costados: Granados y Lombana. Entre el ruido y el escándalo sabían escabullirse sin protagonismo para entrar en los pasillos y despachos donde están los centenares de archivos y expedientes que amenazan la libertad de su patrón. Movían fichas, firmaban actas, saludaban al doctor del día y del favor, y salían con gafas oscuras al sol para afirmar que todos los procesos rondaban la calumnia, y que nada concreto aún podía significar una verdad. Los testigos hablaban persignándose en su nombre y los traidores, anomalías predecibles en una celda de dos por dos, terminaban reconociendo ambiciones y bajezas. Todo era un paisaje natural ante los medios acostumbrados al incienso de los cuatro años de un palacio marcial y de un nombre irrebatible.

Pero el peso y la gravedad de los expedientes empezaron a desbordar los muros, y los testigos traidores terminaron por reconocer que sus arrepentimientos también estaban presionados por dádivas y subsidios más grandes que los confesados en la declaración anterior, y las respuestas de sus dos abogados oficiales resultaban cada vez más sospechosas, más ficcionadas entre la retórica y la argucia. Así que aparecía el hombre involucrado entre la sombra y la niebla cuando estaba peligroso el asunto, y con la voz pausada y dulce de Francisco Franco pronunciaba un sermón arrugando su rostro de indignación y pesadumbre por los días oscuros que se habían tomado las altas cortes. El rito de apariciones y espectáculos de quejumbre y amenazas siguió un ritmo que también caería lentamente entre los predecible, lo peligroso y lo patético, una extraña combinación de victimismo y soberbia que ha sabido manejar muy bien con la experticia de un político lanzado del bajo mundo antioqueño a los cocteles del Country.

Parecía que no quedaba más que el último recurso de los favores de Diego Cadena, un abogado de traquetos que se movía muy bien entre Combita y La Picota, y conocía con precisión los murmullos de los internos más célebres para afianzar testimonios y mejorar procesos aparentemente perdidos. Su método original de subsidios secretos resultaron ser cada vez más contundentes, y ahora podía usarlos a su favor en su representación más conocida. Un salto al espectáculo de los micrófonos que lo haría popular, un abogado prestigioso de día y gánster de noche, un dandi que salía del suburbio para decir con imponencia, por fin, que representaba a un expresidente de la república con nuevos testigos increíbles. Todo parecía estar ahora definitivamente bien hasta que una nueva prueba reina en el sumario revelara su voz confesando sus métodos y sus alardes en los bajos mundos. De acuerdo al rito de la inconveniencia, ha salido de nuevo el apoderado a negar a otro de los suyos en su indagatoria por soborno y fraude procesal y le ha recomendado, tal vez, el mismo consejo que recomendó a su séquito cuando la justicia empezaba a capturarlos. Cadena ha tomado un avión con rumbo desconocido.

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