Por: Tulio Elí Chinchilla

Bancadas: ¿artificio inútil?

EL PASADO 14 DE JULIO SE FLEXIBILIzaron las férreas reglas de disciplina interna de los partidos, vigentes desde la reforma política de 2003.

Ahora los elegidos pueden candidatizarse por otras colectividades si dejan la curul un año antes de la inscripción; y, como norma transitoria (de cara a las elecciones de marzo de 2010), en estos dos meses se retorna a la libertad absoluta de cambio de partido, sin que ello implique doble militancia. Es la confesión de que las realidades políticas no pueden ser forzadas normativamente más allá de sus posibilidades.

Los cánones constitucionales pueden servir a lo sumo como marco del fluir partidista, pero no pueden insuflar fuerza a tales procesos ni orientarlos. Ninguna norma por buena que sea posee fuerza suficiente para compactar partidos políticos. Como efecto mecánico de las reglas cuantitativas de umbral de partidos se redujo significativamente el número de partidos políticos: de 78 reconocidos en 2001 (aberración seudodemocrática) pasamos a sólo 16 actuales, pero tal disminución no comportó la cohesión ideológica y orgánica interna de los existentes. La suerte lúgubre del régimen de bancadas es un patético ejemplo. ¿Qué partidos celebran asambleas semanales de sus bancadas para orientar el voto sobre las decisiones más relevantes en las cámaras y corporaciones públicas territoriales? ¿Cuántas sanciones de expulsión del partido o de silenciamiento parlamentario por desacato a las directrices partidistas —previstas en el Art. 108 fundamental— se han impuesto?

Hoy, ningún elegido tiene por qué sentirse ligado a actuar en lógica colectiva; cada representante del pueblo puede, si lo quiere, comportarse como una especie de prima donna parlamentaria, como una individualidad con poder para negociar su voto en cada proyecto o elección de funcionarios. En la reforma política de 2003 creímos estar emulando el modelo europeo de disciplina partidista —la unidad del “grupo parlamentario” español, el látigo disciplinante inglés (whip)—, pero nos engañamos: hoy estamos más cerca del sistema estadounidense de partidos, muy disciplinados en las elecciones (ningún elector se desvía al elegir Presidente), pero relajados y permisivos en el momento de decidir en el Congreso.

Adicionalmente, aquella asimilación —un poco acrítica— de tan interesantes modelos olvidó que la democracia representativa europea no ha podido responder todavía ciertas preguntas y perplejidades del régimen de bancadas. Por ejemplo: ¿qué sentido tiene la discusión parlamentaria —esencia de la democracia deliberativa— si los participantes en tales debates están obligados a votar conforme a la decisión de bancada? ¿Se habrá convertido, entonces, el debate parlamentario (que supone la posibilidad de convencer a otros mediante argumentos) en una representación teatral o fatuo ejercicio de logomaquia? ¿Qué espacio de negociación racional entre mayorías y minorías deja una votación ya predeterminada por la directriz partidista? ¿Para qué verificar votaciones individuales si basta con que cada vocero de bancada registre en mensaje electrónico la decisión colectiva adoptada y se proceda a la sumatoria correspondiente?

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