Por: Andrés Hoyos

Barack Obama, ¿irrelevante?

YO ERA CHIQUITO CUANDO CASSIUS Clay noqueó a Sonny Liston, pese a que las apuestas estaban 7 a 1 en su contra.

Clay, quien luego adoptó el nombre musulmán de Muhhamed Ali, era una suerte de Barack Obama del boxeo; quería “sacudir al mundo” flotando como una mariposa y picando como una abeja. Obama, el flamante senador por Illinois, también es un espectáculo y debe ganar las elecciones de noviembre, con o sin ayuda de Hillary Clinton, a menos que McCain consiga asestarle un demoledor golpe irreglamentario por debajo del cinturón.

Estamos ante un candidato inmejorable. Los escépticos, claro, no tardan en descalificarlo, pero yo lo creo un hombre honorable que cabalga sobre una bandera ganadora, la del cambio. La bandera, sin embargo, es problemática. ¿Por qué? Porque aunque “cambio” es la palabra emblemática del progresismo, en Estados Unidos el ciudadano promedio es conservador por instinto, como consecuencia de la dramática derechización sufrida en los últimos 30 años. El asunto no depende apenas de las ideas; depende de cómo está construido el país, del predominio en él de suburbios extensos y desconectados que minimizan la amalgama vital necesaria para incubar verdaderos cambios. O sea que resulta fácil hablar de cambio; otra historia es llevarlo a cabo.

Supongamos por un momento que Obama gana las elecciones. De ahí en adelante su reelección se convierte en una necesidad crucial, porque en Estados Unidos los presidentes de cuatro años no pasan a la historia. Obama podría salir más o menos rápido de Irak, no sin heridas graves que de todos modos le achacarían a él. Pero ése no es realmente un cambio; es una sacada de pata. Puede que, además, reconsidere la política hacia Cuba, un cambio estridente aunque liviano. Mucho más difícil le quedará modificar en serio la política americana en el Medio Oriente: si alguien espera ver pronto allí dos estados funcionales, uno judío y otro palestino, bien puede esperar sentado.

En materia fiscal, Obama quizá deseche los últimos recortes de impuestos de Bush, con tal cual adición simbólica. Haría cambios importantes relativos al libre comercio, algunos de ellos sentidos, pero no se vislumbra cómo Estados Unidos pueda volver a competir en materia manufacturera, digamos, con China.

Y ni hablar de que algunos de los problemas centrales del país ni siquiera están sobre la mesa. Nada se ha dicho, ni se hará, sobre la ruinosa Guerra Contra las Drogas. Ésta se basa en una prohibición fanática, que castiga, con obvio racismo, a negros y latinos de forma desproporcionada. Tampoco es fácil alterar el consumo petrolero, porque la base de todo está una vez más en la existencia de suburbios dispersos y caóticos, no en el bajo rendimiento o el excesivo tamaño de los motores. ¿Quién va a obligar a la gente a regresarse a las zonas urbanas densas?

Obama simboliza el mestizaje al que Estados Unidos se resiste. Visto desde otro ángulo, para Obama su mitad de color no es una ventaja, es algo que debe hacerse perdonar. De ahí que le estén prohibidas las audacias, y él lo sabe. Según Paul Krugman, por ejemplo, su plan de salud es tímido e incompleto.

Se cita mucho la frase del Gatopardo de Lampedusa según la cual hay cambios que se hacen para que todo siga igual. Yo no llegaría hasta acusar a Obama de cinismo; diría más bien que ante la fuerte marea conservadora corre el riesgo de ser irrelevante. Por una vez me gustaría equivocarme, porque un cambio de fondo en Estados Unidos a la larga nos conviene a todos.

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