Por: Gonzalo Silva Rivas

Barajando la propina

Hace algo más de un cuarto de siglo en Colombia ha venido madurando una cultura de la propina, recompensa personal que en buena parte de naciones, especialmente occidentales, constituye práctica común regulada por reglas tácitas arraigadas en la comunidad o por disposiciones administrativas o legales.

Este reconocimiento económico, que como gratitud se hace por la prestación de un servicio recibido a satisfacción, tiene en el país carácter voluntario, contrario a lugares en los que es obligatorio o corresponde a un gesto de educación. En algunos establecimientos norteamericanos es imperativo y no resulta extraño que en ocasiones su monto supere el valor del consumo.

El 8 de junio la Superindustria mediante circular externa modificó el sistema de propina operante en restaurantes, clubes sociales y culturales, bares, griles, discotecas y cafeterías, que consistía en sugerir por escrito su valor en la parte inferior de la factura para que el consumidor dispusiera libremente si aceptaba o no su pago, y valorara la cuantía.

La nueva fórmula exige que los establecimientos para el consumo de alimentos y bebidas fijen avisos de “tamaño y ubicación adecuado” en sus entradas y en sus cartas y listas de precios, con la advertencia sobre la voluntariedad de la propina para que los consumidores, a quienes se les debe notificar sobre la misma antes de la expedición de la factura, estén explícitamente advertidos y ejerzan su derecho de no aprobarla o de hacerlo total o parcialmente.

En el sector, el instructivo no ha sido de buen recibo. Preocupa que la información expresa y obligatoria induzca al cliente a su no pago, teniendo en cuenta el inusual hábito de los colombianos de recompensar la prestación de un servicio, independiente de su excelencia, lo que daría pie para desincentivar esta cultura de tan poco arraigo.

Empresarios calculan que una caída en el monto de las propinas atentaría contra la calidad del servicio de sus establecimientos. Un empleado que sin ellas pierde un ingreso adicional a su salario legal que le permite vivir con decencia, estará tentado a lanzarse a la práctica del rebusque, que puede serle más rentable a corto plazo, y echar a pique años de experiencia, capacitación profesional y amistad con sus clientes, en detrimento de la estabilidad laboral de su empresa.

En Colombia los restaurantes formales, por ejemplo, son puntales del desarrollo turístico pero no reciben consideraciones del Estado. Tributan media docena de impuestos, pagan elevados servicios públicos y costosas nóminas –generan más de 400 mil empleos directos- y su utilidad apenas sobrepasa el 10% en algunos casos. Ahora, de propina, el Gobierno apunta con barajársela.

gsilvarivas@gmail.com

 

 

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