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hace 2 horas
Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Barajar y repartir de nuevo

CON LA ESPECTACULAR LIBERAción de los secuestrados el miércoles, se reafirma una tendencia claramente observable en punto al conflicto armado en los últimos meses: las Farc no sólo se encuentran a la defensiva, sino contra la pared.

Han recibido golpes durísimos, uno tras otro, y su moral de combate se encuentra seriamente deteriorada. Mientras tanto, el Ejército exhibe altísimos niveles de motivación y de eficacia. El entusiasmo nacional ante el éxito fue muy grande. El Gobierno y el Presidente hicieron bien en utilizar un lenguaje mesurado y tranquilo, dejando la puerta abierta a negociaciones ulteriores.

¿Y ahora qué? Este es un momento único, lleno de oportunidades y de peligros.  La pregunta es cómo funcionará un país sin las Farc (o con unas Farc marginales).  No me siento un aguafiestas al decir que no se resuelven automáticamente todos los problemas. En particular, quedan en pie tres grandes asuntos, frente a los cuales las fuerzas políticas de diversas tendencias pueden jugar un papel positivo. 

El primero es el narcotráfico. Mientras el Estado colombiano no esté en capacidad de regular su principal mercado rural, estará sometido a una tensión intolerable. Aunque se puede demostrar en detalle que la idea de que el narco ha sido el único combustible de la guerra colombiana es errónea de hecho, los propios éxitos de este Gobierno sugieren que la cosa es mucho más complicada, su existencia significa una fuente permanente de ilegalidad y descomposición.

La combinación de un gran mercado global de coca y de la política prohibicionista estadounidense forma una terrible trituradora. No hay estado de desarrollo medio-bajo, como el nuestro, que pueda resistir incólume durante décadas semejante combinación. Éste es el momento de plantear el problema con toda la fuerza. 

El segundo gran tema es el de la propiedad de la tierra. Tradicionalmente ella ha estado concentrada en los grandes terratenientes, pero en los últimos lustros las distorsiones han alcanzado niveles inauditos. El conflicto, el paramilitarismo y el narcotráfico generaron una alta criminalización del agro, como lo han mostrado los trabajos de Alejandro Reyes, y concentraron de una manera aún más brutal la propiedad, al promover continuos y masivos desplazamientos. Con semejante peso muerto ningún país puede dar el salto cualitativo hacia el desarrollo (un tema extrañamente ausente de nuestra discusión pública, y al que sólo Rudy Hommes y otros pocos otros han prestado la debida atención). 

Tercero, está la cuestión de la democracia y la legalidad.  El deterioro institucional del país es notable. La penetración de actores ilegales y de viejos señores de la guerra bajo otros ropajes en el Estado sigue siendo igual de grande que el martes pasado. El debilitamiento de los pesos y contrapesos institucionales, un mecanismo indispensable para el mantenimiento de la democracia, podría estar acercándose a un punto crítico. El respeto a la legalidad —también, quizá sobre todo, desde arriba es precario.

No quiero parecer excesivamente optimista. Un largo estudio de las Farc me ha convencido de que buena parte de su capacidad de supervivencia está asociada a sus habilidades técnicas y de aprender de la derrota. Pero es claro que ahora los vientos soplan en una sola dirección. En la medida en que las Farc reciben golpes contundentes, el país puede empezar a pensar en otra cosa, y de otra manera. Si los éxitos en el acorralamiento de las Farc se consolidan, el lenguaje que divide a los colombianos en amigos y enemigos (amigos del Estado, enemigos terroristas), que siempre fue tramposo, empezará a parecer francamente exótico.

Un momento ideal para barajar y repartir de nuevo.

 

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