Por: Reinaldo Spitaletta

Barbarie contra los niños

Ya casi nadie recuerda, pese al escándalo mediático de entonces, el asesinato del niño Luis Santiago Lozano, en Chía.

Hubo feria y circo en el despliegue sobre el crimen, y lamentos múltiples de psicólogos, jueces, fiscales, especialistas en infancia y del presidente de la república. Y, qué paradoja, ese mismo cubrimiento, con excesos lacrimógenos, se utilizó para tapar la situación de miseria en la que vivían y viven miles de niños en Colombia, los abusos contra ellos, la falta de una infancia digna, dedicada a la imaginación, el juego y el estudio, y no sometida a toda suerte de desafueros.

Ahora, con el horrendo crimen de cuatro niños en Florencia, Caquetá, del que ya han sido detenidos dos de los presuntos autores, hubo manifestaciones de miles de personas para repudiar el hecho execrable, del que se ha dicho que su causa tuvo que ver con asuntos de tierras. Y alrededor de la repulsa general por el episodio, y del mismo asesinato, se han efectuado diversas reflexiones y acercamientos a la realidad que viven los niños colombianos.

En un país en el que desde hace muchos años a innumerables infantes se someten a infamias a granel, como los niños de la vieja violencia liberal-conservadora, a los que se mataba junto a sus padres, y los sobrevivientes crecieron con el horror de haber presenciado escenas macabras; como los niños desplazados ayer y hoy en una Colombia sin reforma agraria, sin suficientes políticas públicas de protección al trabajo nacional; con evidentes inequidades y brechas sociales, digo que los atropellos contra los niños son tema y pan de cada día.

En un reporte del diario El Tiempo (15-02-2015) se advierte que cada nueve horas, un menor de edad es asesinado en Colombia. Cada media hora, uno acude a Medicina Legal después de ser víctima de agresiones sexuales y cada hora, un niño o un adolescente debe ser examinado por violencia intrafamiliar. Hay un comportamiento de barbarie contra los niños en un país que se ha caracterizado por su salvajismo en distintas esferas.

En 2011, con la profesora Mary Correa, publicamos el libro Tierra de desterrados, producto de una investigación sobre desplazamiento forzado y otras violencias en Antioquia y Colombia. En casi todos los relatos, había historias conectadas con la tragedia de los niños. La hija de la desplazada Ana Luz Góez tenía 12 años, vendía panes azucarados en la calle. Desde la cárcel de Bellavista funcionaba una cadena de tráfico de menores y ahí cayó la chiquilla: “La niña me contó luego que iban a llevar una diez niñas para que ganaran buena plata. Yo no sabía que había tanta maldad. Y creí. La niña me dijo que era para dar tetero y comida (…) Se llevaron once niñas. Una de diez años, la mía de doce, otras, de quince. Y quedaron de traerlas a los ocho días… Nunca más supe de ella”.

¿Cuántos niños venden buhonerías en los semáforos? ¿Cuántos se suben a los buses a ofrecer confites? ¿Cuántos son reclutados por grupos armados ilegales, no solo las guerrillas, sino las bacrim, el paramilitarismo y otros? ¿Cuántos trabajan en minas o cuántos están dedicados a la prostitución? Un país que no cuida a sus niños es un país fallido, incivilizado, sin justicia social y desgraciado. Ah, y en los corrillos, la gente se pregunta ¿cuántas de las atrocidades que sufren los niños colombianos son producto de las acciones u omisiones de los politiqueros de turno?.

No solo la Unicef dice que hay que invertir más en la niñez, que los pelados tengan posibilidades de escuela, de comida, de recreación, de gozar de cabal salud. Debe ser una aspiración democrática. Quizá un modo de ir rompiendo los ciclos de la violencia y los caldos de cultivo para la formación de grupos armados delincuenciales, sea el de que los niños tengan alta calidad de vida. Parece que Colombia no es un país adecuado para la infancia y sí para los infanticidios y otros crímenes.

En el medioevo europeo, hubo sectas de mutiladores de niños. Les sacaban los ojos, les cortaban las piernas y les ataban las manos, con el objeto de exhibirlos y de implorar la caridad pública. En la cruzada de los niños, ocurrida en el “oscuro año de 1212” murieron millares de chicos, muchos ahogados, muchos de hambre y frío; en la esclavitud, otros. Hoy, en Colombia, el mundo de los niños sigue siendo infeliz.

Buscar columnista

Últimas Columnas de Reinaldo Spitaletta