Por: Héctor Abad Faciolince

Barcelona ja no es bona

Conocí Barcelona en el invierno de 1979. El Generalísimo, Caudillo de la Última Cruzada y de la Hispanidad (como se hacía llamar) llevaba apenas cuatro años muerto y enterrado, pero los efluvios fétidos de su gobierno sanguinario (400.000 personas pasadas por las armas en casi 40 años de dictadura) se sentían aún.

Recuerdo que hice un viaje nocturno desde Roma hasta Port-Bou y que en la frontera española uno sentía que, de verdad, Europa terminaba en los Pirineos. La unión de los carlistas con la Falange, propiciada por Franco, había generado el tibio y rancio fascismo español. En la frontera había que cruzar a pie hacia España para cambiar de tren. La guardia civil abría las maletas, y hasta el viento parecía más frío del lado catalán.

Este trasbordo era el primer síntoma de que España se había resistido durante decenios a integrarse a Europa. Mientras uno cruzaba sin cambiar de tren Alemania, Holanda, Italia, Francia, al llegar a España el ancho de los rieles era distinto y los trenes europeos no podían pasar. Allí se seguía usando el “ancho ibérico” que medía “seis pies castellanos”, unos centímetros más que el estándar europeo. Se decía que Franco se había obstinado en mantener esa medida, desobedeciendo a acuerdos ferroviarios internacionales, como una forma más de que las ideas y las modas francesas no entraran en España por ferrocarril.

Barcelona, sin embargo, era una ciudad liberada, abierta, feliz y en ebullición. Por todos lados se veían los restos tristes del franquismo, pero ya estos parecían ruinas arqueológicas de una edad anterior. Las revistas y las editoriales florecían como amapolas en un campo abonado. Lo que había sido clandestino salía con orgullo a la luz del sol. Las mujeres hacían con su cuerpo lo que les daba la gana y los gais no ocultaban su condición. La España de la Movida se sacudía como un perro recién salido del pantano franquista y miraba el futuro con optimismo y con muchas ganas de integrarse a Europa y al mundo democrático contemporáneo.

Recuerdo todo esto porque en aquellos años un gran poeta catalán, Jaime Gil de Biedma, ya había publicado sus mejores versos, y por mucho que no los haya escrito en catalán, sino en español, hoy los nacionalistas intentan divulgarlos e interpretarlos en clave separatista. Es típico de los gobiernos fanáticos querer vincular a su causa a los poetas muertos de su región, aunque para lograrlo tengan que hacer las más extravagantes piruetas interpretativas. Esta semana el escritor Juan Marsé, a quien Gil de Biedma dedicó uno de los poemas usados por los nacionalistas, tuvo que salir a defender la memoria de su amigo y colega contra el uso abusivo de los propagandistas del separatismo.

El poema dedicado a Marsé se llama “Noche triste de octubre, 1959”, escrito, como se ve, por los años más sórdidos del franquismo. Gil de Biedma sabía mejor que nadie, puesto que pertenecía a ella, que la burguesía catalana de la época era tan cómplice de Franco como la de muchos otros lugares de España. No creía que ellos fueran puros y republicanos, y las demás regiones de España fascistas. Hay otro poema de Gil de Biedma que lleva el título en catalán, “Barcelona ja no es bona”, donde estas cosas se explican muy bien.

El poeta se pasea por los lugares que sus padres querían y que han caído en decadencia. Caminando por ahí se encuentra con muchachos “nacidos en el Sur” (es decir andaluces, extremeños) que hablan en catalán y lo obligan a pensar “en mi pasado y en su porvenir”. El poeta burgués y resentido “contra la clase en que nací” quiere que esos chicos españoles catalanizados “sean más fuertes que el patrón que les paga”, es decir, que reemplacen a la burguesía franquista. Pero eso es exactamente lo que no está pasando en Cataluña, donde son los más ricos y corruptos de esa tradición los que lideran el nacionalismo, unidos a unos cuantos jóvenes anarquistas de padres del Sur que, al juntarse con ellos, creen haberse tomado el poder.

 

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