Por: Óscar Alarcón

Barranquilla

Barranquilla es una ciudad de la Costa Atlántica llena de contrastes.

Hermosa en unas partes, fea en otras, pero acogedora. Sus gentes son abiertas a todos, por algo se le llama la Puerta de Oro de Colombia. Ahora está de moda porque tres de sus hermosas mujeres han puesto muy en alto el nombre de nuestro país. Shakira, la cantante y joven contorsionista sigue cosechando triunfos y ahora acaba de tener su segundo bebé; Sofía Vergara ha sido de las pocas compatriotas que ha conquistado escenarios de la televisión en EE.UU. y Paulina Vega acaba de conquistar la corona de Miss Universo.

Bien por Barranquilla, bien por sus mujeres. Pero a mí siempre me ha llamado la atención que García Márquez, que la quería tanto, fuera tan esquivo en mencionarla con nombre propio. No le parecía hermoso ni literario su nombre, como Macondo. En El general en su laberinto, cuando el Libertador va camino a esa ciudad la denomina la “antigua barranca de San Nicolás, que en pocos años había de convertirse en la ciudad más próspera y hospitalaria del país”.

No hay duda de que Memoria de mis putas tristes se desarrolla en Barranquilla. Sus calles, sus casas de cita, le corresponden, como Cartagena en El amor en los tiempos del cólera, pero tampoco la menciona. La describe como “una ciudad de mi alma tan apreciada de propios y ajenos por la buena índole de su gente y la pureza de su luz”.

En Vivir para contarla no tuvo alternativa distinta que mencionarla. De todas maneras, Barranquilla es Barranquilla y está de moda. Sus gentes son orgullosas de sus virtudes y sus defectos, tanto que durante 50 años han sufrido las desgracias de los arroyos y ellos no se amilanan, hasta el punto de que una de las estaciones de Transmetro la bautizaron “Joe Arroyo”. Así son ellos.

Y por lo demás, ahora Barranquilla tiene Vergara, Vega y la Marimonda del Carnaval.

 

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