Por: Luis Carlos Reyes

Basílicas de mal gusto

La basílica de San Pedro en el Vaticano es una joya. Su fasto invita al asombro ante el poder de los príncipes de la iglesia que iniciaron su construcción hace más de 500 años, y el arte religioso de los maestros del renacimiento puede facilitar el recogimiento y la contemplación. Pero, como protestante, al visitarla tuve que pensar también en la agonía espiritual de los cristianos medievales que financiaron su construcción comprando indulgencias a la iglesia, que les prometía liberar a sus seres queridos del sufrimiento de ultratumba a cambio de dinero. “Tan pronto como la moneda resuena en el cofre, el alma sale del purgatorio”, les prometía a los fieles el dominico Juan Tetzel. El abuso de la credulidad del pueblo por parte de la iglesia fue tanta que se constituyó en una de las principales causas de la reforma protestante liderada por Martín Lutero.

En contra de la autoridad de la iglesia y del papa, el movimiento protestante afirmó la primacía de la conciencia. En contra de la restricción del acceso a la Biblia, defendió su traducción a las lenguas del pueblo –entre otras dejándonos a los hispanoparlantes la Biblia de Casiodoro de Reina, joya literaria del siglo de oro español producida a escondidas de la Inquisición. En contra del estatus privilegiado del clero, los reformadores afirmaron el sacerdocio universal de todos los creyentes, y en contra de la venta de indulgencias sostuvieron que el perdón era un regalo gratuito de un Dios compasivo y no tiránico. En su lectura del Nuevo Testamento redescubrieron un mensaje casi olvidado por la Iglesia de occidente: el de un Dios que se acerca a nosotros sin necesidad de la intermediación de sacerdotes o santos, un Cristo entregado sin reservas a la humanidad.

Se cumplen este 31 de octubre 500 años de la reforma protestante, y sus herederos en Colombia deberíamos reflexionar sobre su historia. Valoraciones muy buenas de lo que significó intelectual y culturalmente no han faltado – vale la pena leer el número dedicado por la revista Arcadia a este tema. Tampoco han faltado representantes de las llamadas iglesias protestantes “históricas” que buscan distanciarse del aproximadamente 20% de los colombianos que se describen a sí mismos como “evangélicos” o “cristianos” no católicos. Pero lo cierto es que una quinta parte del país es protestante, tanto taxonómicamente como en instinto espiritual, y es importante pensar en qué significa eso y qué aspectos de esta tradición se deben recuperar.

Hay que empezar por preguntarse por qué las versiones modernas de Juan Tetzel se encuentran hoy en día más en las iglesias evangélicas que en la iglesia de Roma. No hay que olvidar, como lo hace la opinión pública, que la mayoría de los pastores laboran sin salario y sus congregaciones –las menospreciadas iglesias de garaje, sin altar y sin vitrales– pueden llegar a ser ejemplo de la sencillez neotestamentaria que buscaban los reformadores. Pero por otro lado, los pastores que se enriquecen con los diezmos y se construyen a sí mismos basílicas de mal gusto, que buscan el poder político con una obscenidad más reminiscente de los Borgia que de Lutero, y que estafan a los fieles prometiendo ya no el escape del purgatorio sino las riquezas de este mundo, ellos son un gran obstáculo al evangelio y los debemos confrontar. En un país que necesita abnegación, incentivan la codicia; en un país que necesita perdonar y ser perdonado, fomentan el odio político para conseguir votos. Ojalá este aniversario sea un buen momento para que, recurriendo a una tradición de cinco siglos, desechemos a los líderes religiosos que manipulan al pueblo, pongamos el gobierno de las iglesias y sus finanzas en manos de las congregaciones, y nunca más les demos cabida a los pastores omnipotentes, por carismáticos que sean.

Luis Carlos Reyes, Ph.D., Profesor del Departamento de Economía, Universidad Javeriana

Twitter: @luiscrh

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