Por: Aura Lucía Mera

¡Bastaron tres años!

“Quién me presta una escalera / para subir al madero / para quitarle los clavos / a Jesús el nazareno”.

A. Machado/J. M. Serrat.

El primer domingo después de la luna llena que precede el equinoccio de primavera se celebra la resurrección de Jesús. Antes de Jesús, esta era la celebración de la Pascua judía, y muchísimos siglos antes, las celebraciones de las pompas romanas que salían a las calles con comitivas de bailarines y músicos para celebrar a sus divinidades paganas. Lunes-Luna, martes-Marte, miércoles-Mercurio, jueves-Júpiter, viernes- Venus, sábado-Saturno, domingo-Sol. No sé en el principio de la humanidad si estas fechas tendrían algún significado...

Lo único que tengo claro es que un hombre humilde, hijo de un carpintero y una campesina joven, regresó a su tierra después de desaparecer mucho tiempo, no sé cuánto, y en tres años de predicar amor, igualdad y perdón cambió para siempre la historia de la humanidad y de la civilización. Fueron tres años de rebeldía absoluta contra el sistema, las castas, las sectas, la corrupción, la hipocresía, la inequidad… Tres años caminando de pueblo en pueblo con un grupo de pescadores rudos y algunas amigas, una de ellas condenada por la sociedad.

Saca a latigazos del templo a mercaderes y mercachifles gritándoles que “han convertido Su Casa de Oración en una cueva de ladrones” y afirma enfático que los publicanos y las rameras entrarán primero que “ellos” al reino de Dios. Además, su mensaje no estaba dirigido a ninguna secta de las que pululaban en la época, sino a la humanidad entera. Un mensaje universal.

El resto lo conocemos… Termina azotado, llagado, escupido, coronado de espinas y clavado en una cruz, castigo para los delincuentes más peligrosos. Poncio se lava las manos. La tumba aparece vacía y su mensaje se expande por el mundo entero sacudiendo conciencias y transformando el pensamiento de millones de seres. Tres años. Predicando amor. Ese mensaje que es el más revolucionario y difícil de practicar, porque el amor significa entrega, perdón, humildad y reparación. Esas decisiones del alma que se contraponen con nuestra naturaleza animal, violenta, rencorosa, deshonesta y corrupta, soberbia y sangrienta. Esa “Señal de Caín” que llevamos impresa en los genes desde hace millones de años.

Un mensaje que ni lo cumplió la Iglesia católica, ni las iglesias cristianas, ni la mayor parte de la humanidad. Un mensaje que todavía suscita guerras y polarizaciones. Si estuviera vivo, con seguridad, los colombianos y sus castas políticas y corruptas lo volverían a condenar, por “comunista”, “pueblerino”, “revolucionario”, “peligroso”…

No practico ni creo en las religiones. Me parecen soberbias, amañadas cuevas de alimañas. Me costó años de terapias volver a encontrar mi espiritualidad y lo pude lograr gracias a volver a encontrarme con las enseñanzas de ese nazareno rebelde y sin dobleces ni ambiciones personales. Me sacó del infierno que estaba viviendo y me mostró otra senda de la cual no me quiero apartar.

“¡Oh, no eres tú mi cantar! / ¡No puedo cantar, ni quiero / a ese Jesús del madero, / sino al que anduvo en el mar!”.

Ese nazareno que resucitó y sigue caminando. No el sufriente. No sé por qué los latigazos y el dolor se celebran más que la resurrección. Recuerdo el llanto incontrolable de una niña cuando supo que el Niño Dios tan lindo y redondito era el mismo clavado en una cruz…

 

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