Por: Danilo Arbilla

Bastenier

El nombre de Getaria me trae buenos recuerdos. Por lo menos hasta hace una semana: los empañó la muerte del periodista Miguel Ángel Bastenier.

Getaria es un pueblo costero de Guipúzcoa, a unos 30 kilómetros de San Sebastián. Allí nacieron Juan Sebastián Elcano (el que dio la vuelta al mundo) y Balenciaga, el gran maestro de la moda. El museo en honor a éste es una maravilla. En Getaria se come un estupendo pescado a la parrilla, bañado en hirviente aceite de oliva con ajos refritos. Getaria es también un restaurante madrileño ubicado en la Calle del Comandante Zorita, 8, donde Bastenier y Pepa Roma —su esposa— nos llevaban a cenar todas las veces que con Alma, mi esposa, visitábamos Madrid.

Conocí a Miguel Ángel a fines de los 80, en Kansas City. Fue en una asamblea de la SIP. Lo vi pasar como una tromba —que eso es lo que era en cualquiera de sus manifestaciones— con sus pelos pincho, fumando, ofuscado y mascullando: “Son unos fascistas, son unos fascistas”.

“¿Y ese quién es?”, pregunté.

“Es Miguel Ángel Bastenier de El País de Madrid”, me dijo un colega.

“¿Y quién se cree que es?”

“Es un gran tipo. Se ve que no le gustó alguna resolución”.

Al día siguiente igual, o parecido; la misma tromba mascullando: “Son bien bolches”, “peor que la izquierda de caviar”.

“¿Y ahora?”, volví a preguntar al mismo colega.

“Se ve que no le gustó alguna otra resolución”.

Nos presentaron. Nos hicimos amigos para siempre. Hubo años en que nos juntábamos, en alguna parte, hasta tres o cuatro veces. Charlábamos de todo y de tantas cosas. Sí, a veces en algún panel o mesa redonda de seguro discrepábamos. ¿Quién no discrepó más de una vez con Miguel Ángel? Salvo en materia de periodismo —que era un maestro como todos coinciden—, era difícil seguirlo y coincidir con todas sus líneas. De cualquier manera, si no había discusión, él te mojaba la oreja, o te metía el dedo en el ojo para que se generara.

Muchas de esas tantas veces fuimos a Getaria, e insisto en recordar esas cenas como un personal agregado: porque ¿qué puedo añadir a tantas y tan merecidas cosas que se han dicho y escrito en estos días sobre Miguel Ángel? No me dejaron adjetivos y calificaciones superlativas para bien decir como era él.

Ingresábamos al “asador vasco”, él primero, abriendo camino, con el porte de un Cid Campeador: “¿Cómo estamos?”, saludaba.

Ya ubicados pedía un gin-tonic. Doble de gin y un poco de tónica. “Y vosotros pidáis lo que os apetezca, que para eso sois mis invitados. Gin Beefeater, para hacer honor a aquellos campesinos pequeños propietarios, alabarderos reales y voluntarios guardias del Palacio de su Graciosísima Majestad y de la Torre de Londres”, precisaba.

Y aquí una pequeña digresión —aparte de las de Miguel Ángel— respecto al gin. Estábamos tomando un coctel en la barra del Harry’s New York Bar ( el genuino, en el Park Lane Hotel, frente al Central Park, el de Harry Helmsley), que ofrecía una gama de más de 70 diferentes etiquetas de gin.

“Observo que no tiene gin Gordon’s, dijo Miguel Ángel a la joven que nos atendía.

“No están todas”, atino la moza.

“Sí, pero la que verdaderamente falta es la Gordon’s, una vieja y reconocida marca de un London dry gin”.

“Perdóneme. ¿Ud. quería que fuera con gin Gordon’s?”.

“No. Yo solo tomo el gin-tonic con Beefeater, no soporto el Gordon’s”.

Ya sentados para la cena, Miguel Ángel caldeaba el ambiente: “Señoras, disfruten de este ágape en vuestro homenaje. Mañana o pasado nos reuniremos a almorzar con mister Arbi(sh)a —le gustaba marcar así el sonido de la ye de los uruguayos— para ‘conversar cosas de hombres’”.

Tras las protestas de Pepa y las risas de Alma, sentenciaba: “Pero mis reinas, no nos ven aquí postrados a vuestros pies y solícitos a vuestros deseos. No discutamos, no es una noche para discutir. Pidamos. Yo voy a comer muy poco, a ver, Pepa, tú elige para mí lo que te parezca, algo liviano, que no sea carne ni de cuchara. Lo que tú decidas. Quizás pescado, pero no salmón. Tú podrías compartir con mister Arbi(sh)a un chuletón de buey, son muy buenos, lo toman bien red. Si quieren una entrada las croquetas de bacalao son de primera. ¿A Almita no le gusta el bacalao? Entonces unas de jamón y otras de bacalao. A ver, a ver, veamos la carta, se podría agregar una ventresca de atún con cebollas —otro gin-tonic por favor— y un poco de jamón ibérico, jabugo pata negra que no debe faltar, marca España. Si Almita no quiere comer carne hay unas excelentes alubias guisadas. O lo que ustedes quieran. Yo no voy a beber vino. Pepa toma vino blanco, pueden compartir una botella con mister Arbi(sh)a. O si quieren tinto, tinto, lo que ustedes elijan.

Después comíamos y disfrutábamos lo que Miguel Ángel había elegido para todos.

Recuerdo que una de esas cenas coincidió con el partido entre Uruguay y Ghana en el Mundial de Sudáfrica. Él se aseguró de que la mesa quedara de frente y cerca de la TV. Sobre el final Luis Suárez con la mano salvó un gol. Penal: “Hay que tener resignación mister Arbi(sh)a, esto nos libera para dedicarnos a nuestra cena y además los morenos se lo merecen y hay que acostumbrarse a que están consiguiendo su lugar en el mundo”, fue el comentario del analista internacional Miguel Ángel Bastenier.

Erraron el penal y luego Uruguay, por penales, ganó y relegó a Ghana.

“Es un continente condenado”, concluyó el analista.

La última vez, cuando ya caminábamos en busca de taxis, Pepa comenzó a hablar de temas referidos a la salud (la nuestra). Miguel Ángel la cortó: “No hablemos de esas cosas, ya habrá tiempo la próxima vez”.

No habrá próxima vez. Qué pena infinita.

 

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