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hace 1 hora
Por: Juan Esteban Constain

Batallas hubo

Como se sabe, la historia es varias cosas a la vez: no sólo los acontecimientos y la huella que cada quien va dejando en la arcilla del mundo, sino también la memoria y sus descuidos, la consciencia de lo que vamos siendo (y lo que no), y la narración de esa consciencia con las voces más variadas: la de la poesía y la ciencia, la de la pintura y la filosofía.

La historia no sólo “ocurre”, sino que además se escribe: la escriben los que la hacen, vencedores y vencidos, y sus descendientes que tratan de entenderla para así entenderse ellos mismos también; desde la literatura, o desde las astutas incursiones que la literatura emprende por el método científico. La historia siempre es historia del presente, decía Benedetto Croce, porque la manera en que entendemos al pasado y sus azares dice mucho de la manera en que vivimos nuestro propio tiempo. Y además porque, como está en el discurso de Pérez Reverte al entrar en la Real Academia española, “somos lo que somos porque fuimos lo que fuimos”. Todo discurso histórico, por veraz y objetivo que lo sientan sus dueños, por rigurosos que sean sus procedimientos (y los hay muchísimo, desde Eusebio y Procopio hasta Ginzburg o Huizinga o qué sé yo: José Manuel Restrepo, o Jaime Jaramillo Uribe o Germán Colmenares), no es sino eso: un relato, una visión de las cosas.

Pienso todo esto, así nostálgicamente, hoy viernes que se celebran los 190 años de la batalla de Boyacá, hito inevitable de la guerra de Independencia (si así la quieren llamar) entre la República y el Imperio español. Hay cielo abierto en Bogotá, y unas pocas banderas ondean, sin mucha convicción, desde los edificios que se empeñan todavía en honrar a la patria como a la madre misma.

Veo el cuadro de la batalla que pintó Martín Tovar y Tovar, y en él es evidente el propósito con que se hizo, y se narró, la historia patria durante el siglo XIX: un relato heroico de próceres  afrancesados (de hecho cada escaramuza se dibuja como si esto fuera Austerlitz o Waterloo, con los uniformes del Consulado) según los modelos europeos que nos sirvieron para tener nuestra idea de la nación  y de la libertad. Una historia de héroes, en la que había que creer para que al final terminara siendo cierta. Nuestra historia, la patria.

Y no está mal: en eso consiste la historia; de eso se trata. Pero yo prefiero, para el 7 de agosto en Boyacá, recordar siempre el dibujo a lápiz de José María Espinosa: sombras de sombrero y barba, yendo camino de las lomas. Bolívar, allí, es una sombra más.

Si tiene preguntas sobre hechos o anécdotas históricas, escriba a [email protected]

 

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