Por: Alfredo Molano Bravo

Batidas a la orden

DIGAMOS QUE EN PRINCIPIO ES UNA tradición histórica de la que no hemos salido en 200 años: los militares llegan muy de madrugada a la plaza de un pueblo, cierran las calles por donde entrará la gente a hacer mercado o a ir a misa o a visitar a su novia.

La cierran con piquetes armados. Cuando la plaza está llena, el oficial da la orden con un tiro al aire y de todas partes salen soldados con rejos de enlazar a echarles mano a los voluntarios que van a defender la patria.

Los amarran y amarrados llevan a los patriotas al cuartel y después, uniformados y tusados, al campo de batalla. Lo hicieron los ejércitos de liberales o de conservadores durante todo el siglo XIX y lo hacen hoy, tal como se debate en el Concejo de Bogotá. Muchas veces los reclutadores no eran ni siquiera militares, sino hacendados que después de armar a sus peones, aumentaban sus efectivos con voluntarios. O más claro, con carne de cañón. Eran a esos voluntarios desconocidos y anónimos los que echaban por delante para que la metralla los destrozara o los machetes del enemigo los tasajearan. Un procedimiento muy heroico.

Si se cambia lo poco que haya que cambiar, es lo mismo que sucede hoy en las calles de ciudades y de pueblos, donde usan todavía el “procedimiento siglo XIX” con cierre de plaza, correteada, detenida, subida al camión y “compilamiento” (como se refieren los militares a la acción de compeler) en el cuartel del batallón. De ahí, peluqueada, fumigada, uniformada, armada, y al operativo Patria querida. O como lo llamen los generales. En las ciudades el protocolo —así se llama en las ciudades— es casi igual: los camiones se parquean en localidades de estratos 1 y 2 (los preferidos en Bogotá son Usme, Kennedy, Rafael Uribe, Bosa, Ciudad Bolívar y Puente Aranda) y un piquete pide papeles a muchachos que van de tenis y de camisa fuera del pantalón. A quienes consideran, según criterio del “lanza” designado, lo “compilan” a empujones al camión y al batallón va a dar. Niños de 16 o 17 años, caben; padres de familia con cara de niño, también; hijos únicos que sostienen a su mamá, ibídem. Sumados todos estos a los que sí son aptos legalmente, es decir, a los que los colegios denuncian como bachilleres o a los que se presentan de mala gana, pero que se presentan a pagar el servicio militar obligatorio, son medio millón entre 2008 y 2012.

Unos pagan como soldados bachilleres; otros, como soldados regulares, y unos pocos como soldados campesinos. En el cuartel les dan un entrenamiento básico que consiste en que el soldadito descubra cuál es su ojo visor, es decir, con el que apunta. Después, suerte es que les digo. Y lo sueltan. Si vuelve, le tienen lista la soldada: 94.000 pesos para comprar útiles de aseo, llamar a la mamá, pagar un cacho o lo que sea, porque eso sí, la libertad de inversión se respeta. Pocos, muy pocos colombianos de los estratos 4, 5 o 6 cumplen la obligación patriótica. Bien porque la pagan con plata o bien porque la pagan con apellido. Los que pagan con sudor y sangre suelen ser en la vida real los escoltas de estos últimos. Claro que hay algunos aficionados a los deportes extremos y otros que quieren aprender inglés gratis en el Sinaí, que cumplen la obligación. Pero son pocos, muy pocos. No alcanzan a formar en fila un dígito de los que caen en las batidas. Este año necesitan todavía 28.000 pelados. 

 

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