Por: José Fernando Isaza

Beatificación

En la visita del papa Francisco se beatificará al polémico sacerdote Pedro María Ramírez, quien fue asesinado el 10 de abril de 1948 siendo párroco de Armero y murió como mártir de la Iglesia. Las crónicas cuentan que este sacerdote, como muchos curas y obispos de la época, predicaba contra el liberalismo y los liberales y que esto explica, mas no justifica, la atroz muerte que sufrió a manos de quienes pedían venganza por el asesinato de Gaitán. Le atribuyen que en su agonía maldijo a Armero, acomodando las palabras del Evangelio: “No quedará piedra sobre piedra en Armero”. Esa maldición se cumplió con la avalancha del 13 de noviembre de 1985, que destruyó la ciudad y mató a 25.000 de sus habitantes.

Otra versión dice que fue el obispo de Ibagué y no Ramírez quien maldijo a Armero. No es políticamente correcto beatificar a quien lanza tamaña maldición, pues difícilmente se podría considerar un santo.

Otro religioso vinculado a Armero y a quien algunos desinformados lo confunden con Ramírez, es el párroco durante los días previos a la avalancha. La misma tarde de la erupción del volcán del Ruiz, desde el púlpito, dijo que no había ningún riesgo para la ciudad, sin embargo, acabada la homilía se subió a su vehículo y huyó a Ibagué. No sé si Dios ya lo tiene en su seno.

La avalancha sobre Armero preservó dos sitios: el cementerio y el barrio de prostitutas, ambos están unos metros más alto que la población arrasada. La leyenda local da otra explicación. Luego del asesinato del padre Ramírez, la turba furiosa lo despojó de sus vestidos, quedó insepulto y desnudo. Nadie se atrevía a acercarse para cubrirlo y darle sepultura, por temor a la ira popular, solo las prostitutas lo hicieron y lo enterraron. Por esto se salvaron de la avalancha. El cementerio no fue arrasado por la furia del volcán, pues si la destrucción era fruto de una maldición, era inútil que los muertos fueran objeto de esta.

Lo que no hizo la furia de la erupción en el cementerio, lo hicieron los profanadores de cadáveres. Armero era una rica población, algunos deudos enterraban a sus seres queridos con joyas y objetos valiosos. Cuando desapareció la población, no quedaron ni dolientes ni guardianes de las tumbas; se destruyeron las lápidas y los sarcófagos por buitres humanos ávidos de oro y plata. Algunas tumbas no fueron profanadas, las de los niños, seguramente a estos los enterraron sin objetos de valor. Se reportan actualmente ceremonias de brujería y magia negra en el cementerio; cráneos y fémures cerca de recientes hogueras prueban que estas prácticas de profanación de los cadáveres no han sido desterradas.

Los caminos de la divinidad son inescrutables, pero puede plantearse la inquietud: si la beatificación del padre Ramírez obedece a un deseo de honrar a Armero, ¿no es más apropiado beatificar a Omayra Sánchez? Es querida por todos y quien de acuerdo con los centenares de placas de agradecimientos por favores y milagros recibidos parece una eficiente intermediaria entre los hombres y los dioses. En buena parte porque los milagros son de amplio espectro, desde curar la infertilidad hasta el cáncer, ayuda a la liberación de secuestrados y provee instrumentos para salir de la pobreza. Si con la beatificación se quiere rendir un tributo a los muertos de la Violencia, ¿por que no hacerlo con el primer asesinado o con alguno de los centenares de miles de víctimas?

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