Por: Manuel Drezner
El arte y la cultura

Beethoven tenía razón

Recibí una grata invitación para ir a Viena, donde en el Theater an der Wien iban a representar la primera versión del año 1805 de Fidelio de Beethoven, que en esa época se llamaba Leonora. Como bien se sabe, esa primera representación fue un fracaso absoluto y eso llevó al músico a corregir su ópera y hacer la que hoy día se conoce y que pasea triunfalmente por las casas líricas del mundo. El Theater an der Wien fue precisamente donde tuvo lugar la fracasada primera representación y esa sede ilustre, fundada por mi tocayo Emanuel Schikaneder (el que hizo el libreto y estrenó allí mismo La flauta mágica) decidió hacer ese montaje para que fuera el mismo público el que decidiera si la recepción negativa había sido justificada. El director de esta representación, semi-escenificada, fue René Jacobs, al frente de una orquesta del mismo tamaño que usó Beethoven, con instrumentos de la época (por ejemplo, los cornos de válvula se reemplazaron por trompas de caza y los violines no usaban cuerdas metálicas sino de tripa) y con excelentes cantantes. Hay que decir que Leonora es ópera bastante elemental y tiende mucho más al singspiel, una especie de opereta, que al drama lírico que conocemos. Comienza con diálogo, no con música, el aria inicial de Florestán sólo contiene la primera parte, el emocionante dúo del encuentro de Leonora y su marido está reducido a la mínima expresión y esos grandes coros del final no tienen ni la extensión ni el acabado de la versión final. En resumidas cuentas, hay que decir que Beethoven tenía razón y que el olvido en que ha caído Leonora está justificado si se compara con el Fidelio definitivo.

Menciono de paso que en el mismo teatro montaron un Wozzeck de Berg, donde el niño terrible de la escena Robert Carsen hizo una versión respetuosa y donde los cambios de escena se lograron mediante cortinas bien usadas. Esta es una de las grandes óperas del repertorio y véase donde se vea, tiene siempre la virtud de impresionar, ya que Berg supo usar la música para realzar los aspectos dramáticos de le pieza de teatro fragmentaria original de Buchner.

Posteriormente mencionaré una Novia vendida de Smetana vista en el teatro de Praga donde se estrenó; una interesante Cenicienta en trajes modernos, La dama duende de Calderón, muy bien presentada por la compañía de Teatro Clásico Español, y una aburrida opereta llamada El cantor de México, que inexplicablemente montaron en Madrid. Pero todo esto merece ser tratado más a fondo y la crónica respectiva será en otra ocasión.

 

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