Por: Mauricio Rubio

Befana y los Reyes Magos

La bruja más popular de Italia es Befana. En su escoba voladora, con gorro y verruga en la nariz, reparte regalos en lugar de los Reyes Magos.

El nombre viene de epifanía, Día de Reyes en la tradición católica. Cuando Gaspar, Melchor y Baltasar buscaban el Portal de Belén le preguntaron dónde quedaba. Ella no supo responder, enfureció y los mandó al carajo. Arrepentida, buscó a Jesús y al no encontrarlo decidió darles regalos otros niños. Así, el 6 de enero visita los hogares italianos llevando juguetes.

Amazon, una de las empresas más poderosas del mundo, es como Befana: ubicua, deja regalos cualquier día del año, tiene rasgos que asustan, hace maldades, pero acumula fanaticada.

La filial de transporte de este coloso de la red funciona de manera tan simple como cruel para el trabajador, que se presenta en la bodega con su propio vehículo y sólo recibe paga cuando hay paquetes por repartir. Si no, no trabaja. Para crearles dependencia, los primíparos reciben más y mejores ofertas. En zonas donde escasean opciones laborales siempre habrá alguien sin diploma ni posibilidad de emigrar que acepte contratos efímeros y leoninos. Cuando varios choferes esperan un reparto, se lo lleva el primero que haga clic en su celular. “Una oferta dura máximo diez segundos en la app antes de que alguien la acepte”, lamenta un repartidor inglés. La pesadilla de los trabajadores contribuye a satisfacer los sueños de los consumidores. Un registro informático de lo que hace cada conductor permite evaluar su desempeño. Si no es satisfactorio, se queda sin ofertas.

Así como la forma de repartir regalos en época navideña depende de tradiciones locales, la reacción ante las prácticas de Amazon varía según la región. Lo inaudito en un lugar se percibe como oportunidad en otro. “Me gusta un horario flexible y no tener jefe”, anota un repartidor gringo; “Amazon Flex me permite complementar mis otros trabajos”. Katherine Ward, editora de la revista libertaria Reason y usuaria de Amazon, se define socialmente progresista y fiscalmente conservadora. “Nos gusta el sexo, la droga y el rigor presupuestal”. Agradece la eficacia y tener a su disposición mucha información para tomar decisiones.

La desconfianza en el gobierno es un reflejo más anglosajón que europeo o latino. En tierra del Tea Party, Reagan y Trump, Amazon implantó un esquema ultraliberal para eludir regulaciones e impuestos sin mayor oposición. En el otro extremo, del Atlántico y el espectro ideológico, un periodista francés no duda que a esa bruja la apoyan inversionistas poderosos y políticos conservadores que lanzaron una cruzada para “imponer su ideología en todo el mundo”. Como si la ciudadanía no colaborara.

Desconfío de los monopolios, pero soy cliente de Amazon, desde impulsivo intenso para libros usados hasta ocasional reflexivo en varios otros rubros. Mi posición es ambivalente, como la de un bambino italiano con Befana, que trae regalos sin dejar de ser bruja. No es la única empresa que suscita esa ambigüedad. A pesar de sus abusos, el capitalismo salvaje tecnológico atiende a la clientela mejor que cualquier burocracia. Ante el suministro barato, amigable y oportuno, es imposible no contribuír a la consolidación de un enorme poder paraestatal que nadie sabe controlar. Un saboteo colectivo es una quimera y renunciar a sus innegables ventajas sería un harakiri, una pataleta infantil del tipo ”¡me acuesto vestido y me hurgo la muela dañada!”.

Es apenas sensato reconocer que los eventuales regulados son más pilos y astutos que cualquier posible regulador: conocen como nadie la tecnología y los mercados que capturan sin coerción ni amigotes influyentes. Los políticos compiten para que esas megaempresas se instalen en su circunscripción, aunque eludan impuestos y exploten laboralmente a sus votantes. Prometiendo empleos e inversión, Amazon obtuvo propuestas de 230 ciudades norteamericanas. El Estado que licita para agentes privados quedó patas arriba; la pretensión de que la burocracia estatal sabe siempre cómo hacer las cosas también. En un reciente simposio, los banqueros centrales aceptaron que Jeff Bezos podría estar afectando la política monetaria norteamericana.

Descartado el bloqueo, destructivo y de mal gusto, la estrategia viable para el sector público será asociarse con esos monstruos privados, confiando en su educación y buenos modales para hacerlos tributar. A su manera, eso hizo el gobierno chino con Alibaba.

Es fácil respetar y creerle más a Amazon, Google, Netflix, Spotify o Waze que a políticos y burócratas, de izquierda o derecha, demagogos o visionarios que, aunque sean honestos, parecen Reyes Magos: mucho idealismo, ritual y camello siguiendo estrellas, regalos obsoletos, hoja de ruta tan precaria que una bruja retrechera los deja sin oficio. Con corrupción rampante, lo de reyes, gobernantes o jueces magos haciendo malabares con el fisco pasó a ser un mal chiste. Preferible el derroche tecnológico cotidiano. Grazie, strega Befana!

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2019-01-03T00:00:55-05:00

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Befana y los Reyes Magos

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