Por: Esteban Carlos Mejía

Benditos malpensados

ISABEL BARRAGÁN COGE SU CELUlar y me muestra fotos del festival de El Malpensante.

Sale preciosa, con su pinta bogotana, suéter de cachemir, bufanda de lana, falda de pana, botas de cuero, mucha ropa por quitar, Dios mío. “Pasé demasiado bueno”, dice, a lo modelo paisa. Vemos más fotos. “¡Pero si este es Francisco Suniaga!”, digo, cuando reconozco al autor venezolano. “Yo estuve con él en una charla sobre ciudad y libros. Junto con Carlos Franz y Pía Barros, de Chile”. “No pude ir”, se disculpa Isabel. “A esa hora había un foro sobre la guerra del poder contra la prensa, con Jon Lee Anderson y Carlos Fernando Chamorro”. “Faltona”, le digo. “Me cambiaste por un gringo y por un huérfano de la revolución sandinista”. Ni se inmuta. “El gringo”, me responde, “le cogió la comba al palo del periodismo investigativo con ironía y perspicacia. Y el huérfano no sólo es un teso sino un papito, mera envidia la suya”.

Vuelvo a mi charla. Le hablo de Carlos Franz y de su afán por escanear literariamente hasta el último suspiro de Chile. “Uno de sus libros, El desierto, transcurre en una región imaginaria”, le digo. “Se llama Pampa Hundida, una ciudad santuario en el Atacama. La novela, narrada en la voz de una mujer, no deja títere con cabeza”. Isabel me muestra la foto de Franz, no Kafka, Carlos. “Parece un tronco de hielo pero es todo un bacán”, digo. “¿Y Pía?”, me pregunta. “Es feminista como tú. Y una cuentista original, cáustica, sagaz, muy provocadora”. Hago una pausa. “Francisco Suniaga es caso aparte. Empezó a publicar ya cincuentón. Su primera novela, La otra isla, recrea la cara oculta de su isla natal, Margarita, y de su capital, La Asunción, una ciudad única: con una única iglesia, un único colegio, un único hospital, un único teatro y una única sastrería, la del papá de Francisco. Su segunda novela, El pasajero de Truman, narra en clave de añoranza un insólito acontecimiento de la vida política de Venezuela, con esa frescura caribe que tanto embelesa”.

Isabel sonríe. “Veo que anduviste pa’rriba y pa’bajo con el parche veneco”, dice, no sin desidia. “Coño, soy venezolano”, le digo por charlar pero no entiende mi sonsonete. “Estos venezolanos me parecieron cultos, descomplicados, talentosos. Sergio Dahbar, por ejemplo, es un cronista singular. Estoy leyendo su Gente que necesita terapia y te anticipo que es una maravilla. Y Vasco Szinetar, la Virgen lo acompañe siempre, es un cronopio-cronopio que lleva más de 30 años fotografiando escritores en el baño. Sus autorretratos son… inefables”.

“Yo estuve en el recital de Maruja Vieira”, dice Isabel, contenta. “Leyó un poema que se dedicó a sus 85 años, ‘descaradamente vivos’. Me llegó al alma. Estaba con Afanador y con Roca”. La miro a los ojos y recito sin vacilar: “ ‘A nosotros nos tocó aprender a nadar en un naufragio’. Es un verso de Biblia de pobres, el libro de Roca que acaba de ganar un premio en España”. Isabel se conmueve y baja la guardia, cosa que aprovecho para clavarle el aguijón: “¿Y fuiste a la charla sobre la paja femenina?”. “No, ¿para qué?”, me dice muy seria. “Al que le van a dar, le guardan”.

Rabito de paja: “Las repúblicas deben ser autoritarias, so pena de incidir en permanente desorden…”. Rafael Núñez. 1885.

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