Por: Lorenzo Madrigal

Benedetti nombró cardenal

UN CIERTO BOATO RODEA AL PRESIdente Santos, desde el día mismo de su elección.

El 7 de agosto, la Plaza de Bolívar parecía un remedo de las barandas y balaustres con que se adorna el capitolio norteamericano el 20 de enero, cuando jura un nuevo presidente.

Sólo faltó que el mandatario bajara por la clásica calle 10, desde el Palacio de San Carlos, tocado con un abrigo de invierno hasta los tobillos, para hacer pie en la alfombra de la plaza y encaramarse luego al piso falso del juramento.

Telones iguales o los mismos que iluminaron las fantasmagóricas imágenes del Bicentenario; silletas acolchadas que debió humedecer la tarde de lluvia y de sol sabanero, que ambientó la posesión.

Elegante el mandatario —siguen siendo muy anchas las bandas presidenciales del ahora bordador del Vaticano—, talla baja y pies para el monte, al andar. Muy bien la primera dama y la hija, un tanto vestida de muñeca, con pliegues en el ribete de la altísima falda. Ocioso Lorenzo, ignorante de modas, advirtió también ribetes en la señora Kirchner.  Debe ser lo que se lleva.

Encantador el presidente “Pepe” Mujica, a quien nadie va a obligar a ponerse una corbata ni a peinarse. De colegas, y con toquecito en la cara fue el saludo del presidente Lula al vicepresidente Garzón, sindicalistas ambos. Como desconcertante fue el abrazo de los hermanos y primos del presidente al hermanito que se les convirtió en el segundo Santos en llegar al poder, con el efecto de dejar desmantelado al periódico, al que fueron abandonando por pudor, uno a uno.

Más largo el saludo protocolario que el discurso mismo del senador Benedetti, en lo que compitió con Dilian Francisca, la de la última posesión. Muy curioso cómo el presidente del Congreso hizo de un tajo cardenal a monseñor Rubén Salazar, al llamarlo “arzobispo de Bogotá y cardenal primado de Colombia”, título que le repitió al cardenal Rubiano. Si bien cardenales podría haber dos, primados no.

Bello el homenaje de los gaiteros de la Naval a los héroes y, en general, el toque de mar de todo el ceremonial militar, que el cadete Santos tuvo a bien imponer. El himno de la Armada le produce éxtasis (él había usado otra palabra) y recordemos que designó a un alto oficial naval como comandante general.

Casi todo el continente estuvo allí, como grande fue el desaire de Obama, al enviar en su representación solamente a un asesor de seguridad. Así nos ve.

Fue interesante la posesión indígena, muy auténtica, con el santanderismo de haberse dado dos presidentes en el territorio por unas horas. Santos fue presidente kogui, antes de que llegara su hora.

Gran homenaje y ovación a Uribe por elocuentes frases que, en su honor, pronunciara Santos. Pero muéstrenme un rostro amable o una leve sonrisa de Uribe frente a su sucesor, en los últimos días. Esa foto no se dio.

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