Por: Andrés Hoyos

Berlín

LA ÚLTIMA VEZ QUE ESTUVE EN Berlín fue en 1972. De esa visita sólo recuerdo el Muro y el paso por Check Point Charlie hacia un universo gris. Hoy, al lado del famoso cruce, hay un café Starbucks.

Estamos en verano y la gente parece alegre yendo a todas partes en bicicleta y tomándose esas cervezas que son como para nadar en ellas. Nadie diría, viéndolos, que Berlín es una ciudad quebrada. La quiebra, que antecede a la actual crisis, se debe a que después de la caída del Muro, Berlín contrató a los arquitectos más famosos del mundo para hacer grandes edificios encima del mucho espacio que dejó libre la reunificación. La ciudad fue como un niño glotón que se empachó en la dulcería de la posmodernidad.

La manía edificadora en algunos casos quedó a medio hacer y ha ido engendrando de todo, si bien el conjunto es menos deslumbrante de lo que yo me figuraba. Los resultados los acabó pagando en gran parte el Gobierno federal, generando con ello un gran resentimiento en el resto del país, al tiempo que el costo remanente se convertía en una deuda colosal. La economía local que ha salido de todo ello es débil y depende del Gobierno, de los servicios y del turismo, actividad esta última especialmente problemática en Alemania, donde no gustan de los extranjeros.

Los berlineses son los antiguos prusianos y ellos, al igual que el resto del país, quieren borrar de sus mentes el impresentable siglo XX. Piensan, con razón, que una buena colección de premios Nobel, muchos inventos y un notable desarrollo económico no bastan para hacer contrapeso al Holocausto y a Hitler. Arrastran, por eso, con su arrume de culpas casi intacto, y no por otra razón la mayoría desconfía de toda forma de centralismo o de nacionalismo.

La vida aquí es regulada por una burocracia kafkiana y existen reglas hasta para estornudar; en contraste, cualquiera puede empelotarse en el parque sin que la policía lo moleste. Semejante combinación de un superyó temible y de una libertad física extraordinaria parece aliviarles mucho el caminado. Son amables pero no amigables.

De los primeros 700 años de historia de la ciudad no queda casi nada en pie por cortesía del bombardeo masivo de los aliados durante la Segunda Guerra. La nueva ciudad es, quizá por su desarraigo histórico, una de las más eclécticas del mundo. Una paradoja notable es que el antiguo Berlín oriental es hoy el centro de la movida, mientras que el costado occidental se considera aburrido.

Klaus Wowereit, alcalde desde 2001, resolvió el problema de la quiebra ignorándolo. Según él, “Berlín será pobre, pero es sexy”. Otra frase suya también es famosa. Ante la amenaza de escándalo de los tabloides, dijo: “Soy gay, y está bien que así sea”, lo que en una ciudad desabrochada y libertaria le ganó muchos adeptos. Ahora, en vez de pagar la astronómica deuda de la ciudad, Wowereit tiene planes para reconstruir el palacio imperial prusiano al tenor de 15 mil millones de euros (la cifra en pesos es casi absurda: 45 billones). El alcalde se cree un poco Federico II de Prusia, y no sólo porque va rodeado de guardaespaldas con cara de modelos como hacía en su tiempo el rey sibarita.

Berlín es de todos modos una ciudad bien proporcionada, con amplísimo espacio público, con una colección de museos prácticamente inabarcable y con un excelente sistema de transporte público. Espero que en lo que antecede no se me haya notado demasiado la envidia.

 

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