Por: Santiago Gamboa

Berlusconi, Heliogábalo y Brutus

Italia se acaba de liberar, puede que ya para siempre y en una operación “sin anestesia”, del más increíble tumor político maligno de toda su era moderna: el ex primer ministro Silvio Berlusconi.

 ¿Cómo pudo lograr tal proeza? En virtud de una ley anticorrupción, que decreta la muerte política de toda persona condenada a más de dos años de cárcel, y en una votación de 194 contra 114. Así el Senado expulsó al longevo expremier, tirándolo por un barranco del que difícilmente podrá volver a salir, pues al perder la inmunidad de senador lo más probable es que los procesos legales que tiene en su contra se agilicen, y entonces su inmensa fortuna no le alcanzará para evadir a la justicia.

Su partido, el Pueblo de la Libertad, dice que es un golpe de Estado, y Berlusconi, ya sin freno, grita a los cuatro vientos que los magistrados de la corte que lo condenaron a cuatro años de cárcel son agentes de una conspiración comunista. Como suelen hacer este tipo de personajes, Berlusconi toma de rehén al país y a sus instituciones para defenderse, amenazando con hacer caer el Gobierno, con provocar una crisis. Hace unas semanas, acorralado, llegó a decir que el trato que recibían sus hijos era similar al que sufrieron los judíos durante la época nazi. Los métodos de Berlusconi combinan todas las formas de lucha y su partido político, por el que votaron varios millones de personas, lo defiende de un modo bastante operístico, con momentos de verdadera comicidad. Como cuando apoyó en el Senado la versión de que la famosa Ruby Rompecorazones, la prostituta menor de edad marroquí del famoso Bunga-Bunga, era una ciudadana egipcia y además sobrina de Hosni Mubarak; o en estos días, al pedir que el voto sobre la expulsión fuera secreto, abriendo la posibilidad de que el jefe usara su enorme cuenta bancaria para convencer a senadores de otros partidos.

La historia política de Berlusconi rememora apartes de la historia de Italia y sobre todo del Imperio romano. Desde las excentricidades de un Nerón o un Calígula a las locuras sexuales de Heliogábalo, que según dicen llegó a prostituirse con los guardias de su propio palacio siendo emperador. “Se abandonó a los placeres más groseros y a una furia sin control”, dijo Edward Gibbon de Heliogábalo. Lo mismo podría decirse de Berlusconi. Entre los miles de ejemplos vale recordar a esas dos senadoras de su partido interceptadas en una charla, durante un debate en el hemiciclo del Congreso, en la que comentaban el modo correcto de hacerle sexo oral a Berlusconi, o cuando él mismo le cuenta por teléfono a alguien que en los descansos del trabajo de jefe de gobierno llamaba a la ministra Mara Carafagna, una exmodelo, para que viniera a su oficina, se levantara la falda y se tendiera en el sofá de las visitas. Y añade: “Por cierto que esta vez se había afeitado”. Puede que esas proezas sexuales, en un país donde el paradigma del latin lover está muy presente, le sumaran votos. Pero también, como a Julio César, fue su querido hijo político quien le clavó el puñal, el joven Angelino Alfano, el nuevo Brutus, quien ahora hará carrera sobre la sangre derramada del viejo emperador depuesto. Ah, la historia de Italia que nunca termina.

 

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