Por: Armando Montenegro

Bicentenario, judíos y españoles

Puede parecer paradójico que, en estas semanas, cuando se conmemora el bicentenario de las batallas de Bolívar y Santander contra los españoles en el Puente de Boyacá y el Pantano de Vargas, miles de colombianos se afanan por completar los trámites requeridos para aspirar a la ciudadanía española, amparándose en una ley que crea esta posibilidad para quienes demuestren ser descendientes de los judíos expulsados por los reyes católicos.

Este fenómeno tiene connotaciones económicas. Para muchos colombianos, contar con un pasaporte de España —un país desarrollado, ahora amigo de Colombia, la “madre patria”, miembro de la Comunidad Europea, con un Estado de bienestar bastante más generoso que el nuestro— es una especie de seguro que, en alguna medida, los puede blindar del riesgo de siniestros como el que hoy sufre Venezuela y los que se han padecido en Argentina y otros países. Catástrofes como la del chavismo infortunadamente no pueden descartarse en nuestro medio por el avance del populismo de derecha e izquierda, la fragilidad de nuestras instituciones y las nunca descartables crisis económicas (la búsqueda de este blindaje no es exclusiva de los países latinoamericanos: cientos de británicos de origen sefardí, deseosos de seguir perteneciendo a la Comunidad Europea, están aplicando a la nacionalidad española a raíz del brexit y sus impredecibles consecuencias).

Además de acoger y reconciliarse con los descendientes de los judíos maltratados y expulsados hace varios siglos, con esta decisión España va a ampliar el número de sus ciudadanos con gentes pertenecientes a las élites de otros países, en su gran mayoría bien educadas, con niveles de ingreso relativamente elevados (dado que el proceso de aplicación es costoso y requiere de abogados, notarías, exámenes y viajes, muchas personas con ascendencia sefardí pero con medios limitados no pueden aspirar a la ciudadanía española). España se beneficiará también con un numeroso contingente de jóvenes de otros lugares que, de distintas formas, contribuirán a dinamizar su economía y, si deciden vivir en la península, contrarrestarán sus escasísimas tasas de crecimiento demográfico, un hecho que, con razón, preocupa a la dirigencia española por su impacto sobre el mercado de trabajo y, como consecuencia del progresivo envejecimiento de su población, por la presión sobre su sistema de seguridad social.

Con las masivas aplicaciones para lograr la ciudadanía española se pueden estar manifestando algunos cambios positivos en segmentos importantes de la sociedad colombiana. Por ejemplo, muchas familias, que en el pasado pudieron haberse preciado de sus puros ancestros españoles y, de alguna manera, haber hecho gala de los odiosos conceptos de “limpieza de sangre”, comunes en la España de la Inquisición y de la intolerancia religiosa, ahora aceptan de buena gana ser descendientes de los judíos que vinieron a América para huir de la persecución. Esta aceptación de los antepasados sefarditas puede también ser una evidencia de que se han reducido ciertos rasgos de antisemitismo que pudieran haber sobrevivido en nuestro medio.

En medio de la deslucida celebración de la Independencia de Colombia, se destaca el hecho de que 200 años después de las batallas de la Guerra a Muerte, gracias a su legado sefardí, muchos colombianos quieren ser españoles.

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2019-07-28T00:00:39-05:00

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2019-07-28T00:15:01-05:00

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