Por: Rodolfo Arango

Bienvenida Íngrid

SI ÍNGRID BETANCOURT DECIDE hacer política en Colombia y no en Francia, está llamada a grandes destinos. De la Juana de Arco con rabia en el corazón a la sensata mujer que soportó estoicamente un prolongado suplicio hay una gran distancia.

Sus condiciones personales y familiares, su experiencia y su situación política le auguran grandes tareas. Las largas y oscuras noches secuestrada han templado su espíritu y, como ella misma sostiene, le han permitido dejar “muchas plumas”, como la soberbia y la terquedad.  

En lo personal, Íngrid encarna la dignidad ante la humillación; la sensibilidad hacia el sufrimiento ajeno; la dulzura con su madre y la gratitud con su enfermero; el conocimiento directo y sin odio de la guerrilla; la formación en ciencias políticas y sociales; y, por sobre todo, un enorme olfato político. Su mejor activo lo conserva en una familia. A Íngrid, como ella lo ha dicho, la salvó el amor de sus seres queridos, la solidaridad del pueblo francés y el triunfo de la razón práctica en la estrategia militar del Gobierno. El Presidente y la propia Íngrid se equivocan al atribuirle a la Virgen María la liberación. Tampoco sería atribuible a Dios lo prolongado de su secuestro. La Virgen María en este calvario no fue propiamente la madre de Dios. Fue la mujer de carne y hueso Yolanda Pulecio. Fue ella quien padeció más de seis años el calvario de “la muerte en vida” de su hija, sin abandonar, pese al rechazo social y el desprecio de los furibistas, su cruzada por la liberación de los secuestrados. Pero también son salvadores Melanie y Lorenzo, que movilizaron a un país entero y en el momento del júbilo mostraron su solidaridad con las enlutadas familias y con los aún cautivos. Sus “grandes” hijos son el mejor soporte para su futuro en la arena pública.

La experiencia de Íngrid suma la de varias vidas. Su doble nacionalidad le permite ver nuestra realidad desde varias ópticas. Conoce la cultura europea y sabe que la civilización requiere tiempo y sabiduría, no sagacidad ni venganza. Su posición ideológica de izquierda le permite sufrir ante la pobreza, no explicarla como algo querido por la voluntad divina. Íngrid conoce la humillación de la pobreza y la crasa desigualdad. Sabe que la violencia no es propia de la maldad humana, sino de un ambiente donde priman la miseria y las contradicciones sociales. Ojalá su largo cautiverio no le impida ver el compromiso y la valentía de tantas personas de izquierda, del Partido Comunista, del MOIR, de otras corrientes socialistas, de defensores de derechos humanos y de académicos, que se la juegan todos los días por un país en paz, democrático y libre de violencia. Es necesario ahora no olvidar la histórica estrategia conservadora de identificar a liberales y a socialistas con la amenaza roja de la hoz y del martillo para así exterminar al enemigo político, sea física o políticamente.

Los rápidos movimientos en un escenario volátil y de gran incertidumbre —Corte Suprema vs. parapolítica; Gobierno vs. Corte Suprema; yidisgate y tasmania-affaire; reformas política y judicial en interés propio y de los parapolíticos; sustitución constitucional para permitir la reelección— forzarán a Íngrid a tomar posiciones. Dos escenarios son probables: 1. La Vicepresidencia o un Ministerio al lado del presidente Uribe —los actos píos ante las cámaras y la llamada de Jaime Bermúdez al gabinete son prueba suficiente de sus intenciones de optar por un tercer mandato—. 2. Una política que le apueste a la paz y no a la guerra; a la liberación de los secuestrados y a la búsqueda de justicia social. Su don de gentes, su fácil acceso a los medios, su apoyo a la Iglesia, al Ejército y a los logros del Gobierno cuentan a su favor. Sus defectos incluyen la sobreestimación de lo individual, su predilección por la democracia popular y la tentación de hacer de la religión un instrumento político, algo contrario a la postura secular y respetuosa de las diferencias, propia de su educación francesa.

 

 

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