Por: Luis I. Sandoval M.

¡Bienvenida reconciliación!

El  hecho no puede soslayarse: la presencia del Papa Francisco durante cinco días (6 al 10 de septiembre) en cuatro ciudades del país (Bogotá, Villavicencio, Medellín, Cartagena) suscitó un entusiasmo de multitudes sin precedentes y seguramente sin repetición en el futuro cercano. Hoy, post festum, la sensación es de un enorme vacío.

Días fugaces pero cargados de momentos intensos de reflexión que podrían estimular un cambio profundo en la vida del pueblo colombiano. Tengo la percepción de que todo lo que el Papa dijo e hizo apunta a superar situaciones pretéritas y presentes indeseables. No hizo concesiones. Criticó, a veces con dureza, y propuso caminos con mucha convicción y fuerza.   

Sentí un Papa exigente con los políticos, con los obispos, con los religiosos, con los jóvenes, con la gente del común. Por momentos un Papa místico, pero ante todo un Papa profundamente humano. Este Papa tiene un espíritu superior al de la curia vaticana y me parece que logró modificar ciertas posturas de la jerarquía colombiana: notables por innovadoras y refrescantes las intervenciones de los arzobispos de Bogotá, Villavicencio y Medellín después de las misas papales.

El Papa Francisco se paró firme en la paz política como un hecho sin reversa al que tiene que seguir el delicado proceso de la reconciliación. No les hizo glosas críticas a los acuerdos de paz respecto a la supuesta ideología de género o que contuvieran riesgos para la vida de familia. Hablando de reconciliación, el tema más ilustrado de toda la visita, se sintió seguro y lo enriqueció desde distintos ángulos. “Colombia, déjate reconciliar!”, exclamó.

Si el país quedó tan impresionado con este lenguaje generoso que induce relaciones estéticas en lugar de relaciones depredadoras ¿Quién querrá traducir este serio referente sobre reconciliación en una hoja de ruta cultural y práctica desde regiones?, ¿Quién entre candidatos y candidatas presidenciales actuales se lo apropiará genuinamente?, ¿O quedará la multitudinaria acogida al Papa convertida en el recurso que necesitaba la vieja y envilecida política para remozarse?

El acontecimiento papal es espiritual para los creyentes cristianos, los católicos en particular, es cultural para los hombres y mujeres contemporáneos preocupados por todo lo humano, es político para los ciudadanos y ciudadanas que en el posacuerdo de paz se juegan distintas opciones de historicidad y de gobierno para sus vidas y las de sus hijos. Vivimos tiempos de inflexión. Palabras y gestos del Papa alguna incidencia habrán de tener en las definiciones políticas en gestación en la antevíspera electoral.

Un claro norte para la acción política y la construcción de Estado de derecho fue señalado cuando observó agudamente: “El lema de este país dice libertad y orden. En estas dos palabras se encierra toda una enseñanza. Los ciudadanos deben ser valorados en su libertad y protegidos por un orden estable. No es la ley del más fuerte, sino la naturaleza de la ley, la que es aprobada por todos, quien rige la convivencia pacífica. Se necesitan leyes justas que puedan garantizar esa armonía y ayudar a superar los conflictos que han desgarrado a esta nación por décadas; leyes que no nacen de la exigencia pragmática de ordenar la sociedad sino del deseo de resolver las causas estructurales de la pobreza que generan exclusión y violencia. Solo así se sana de una enfermedad que vuelve frágil e indigna a la sociedad y la deja siempre a las puertas de nuevas crisis. No olvidemos que la inequidad es la raíz de los males sociales”.

Para que las huellas del Papa Francisco no se borren es preciso que la paz signifique reconciliación y justicia social.      

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