Por: Santiago Montenegro

Bienvenido, Francisco

Muy estimado Francisco:

Bienvenido a Colombia, espero que su visita sea muy provechosa para usted, para la Iglesia, y tenga la seguridad de que lo será para los colombianos.

Viene a Colombia en un momento de mucha crispación política, de bajo crecimiento económico y en medio de una campaña electoral. Pero, más allá de la coyuntura, quiero hablarle de algunos factores estructurales que diferencian a nuestro país de otros del continente. Yo sé, en todas partes le dicen lo mismo, “nosotros somos diferentes”, y lo mismo le van —le voy— a decir aquí. Pero déjeme intentarlo y, si me pide que cierre los ojos y piense cuál sería una de las características más salientes de nuestra historia, no dudaría en decirle que ha sido la falta o precariedad de un Estado que provea bienes públicos básicos. Por darle un ejemplo, después de las guerras de Independencia, durante todo el siglo XIX y buena parte del XX, se puede decir que no tuvimos Fuerzas Armadas. Solo hasta hace muy poco tiempo, en un país con una de las geografías más inhóspitas y quebradas del mundo, con pésimas vías de comunicación, con una población dispersa en multitud de pequeñas ciudades y poblados, con variedad de pisos térmicos, con fronteras interiores de selvas y bosques, con siembras de coca y narcotráfico, solo hasta hace muy poco tiempo el tamaño de nuestro Ejército se aproximó al promedio de América Latina. No teníamos muchos recursos para financiarlo, pero, en medio de esas circunstancias, nuestros juristas hicieron todo lo posible para debilitar al Estado central al incorporar en la Constitución de 1863 el “derecho a la insurrección” de los llamados estados soberanos y hasta hace un par de décadas nuestros códigos la castigaban con penas irrisorias.

Se preguntará por qué, entonces, este país sin Estado, tan descentralizado, quebrado geográficamente, no se partió en dos o más países. La respuesta es que, quizá, aunque no había Estado, había Nación, mucha más “comunidad imaginada” de la que aceptan varios de nuestros intelectuales.

Quizá no tan fuerte como en otras partes, pero tenemos nuestros mitos fundacionales; tenemos también un idioma y una religión cristiana que unificaron a una población que logró su proceso de mestizaje muy temprano, al final del siglo XVIII. Pero, quizá lo más importante, desde el nacimiento de la República, la política unificó al país al canalizar a través de dos partidos proyectos de sociedad que eran necesariamente nacionales. Así, desde la Independencia, en este país tan descentralizado y fragmentado regionalmente, se creó una tradición de apego a unas instituciones republicanas de gobiernos civilistas, que evitaron los caudillismos y dictaduras militares, que fueron elegidos por vías electorales y que hicieron un uso limitado del poder. Por eso, hemos tenido como gobernantes a pocos coroneles y a demasiados gramáticos y latinistas.

Muy querido Francisco, solo hasta hace muy poco hemos entendido que las peores violaciones a los derechos humanos se han dado cuando no hay o cuando se disuelve el Estado. Por supuesto, el Estado no es solo el monopolio de la fuerza legítima sobre un territorio, como argumentó Max Weber. Necesitamos consolidar el monopolio de la tributación y, sobre todo, de la justicia, tan golpeada en estos tiempos. Ayúdenos, santo padre, a reconocer y a mantener lo bueno que tenemos, que es mucho, y a enmendar nuestras falencias y debilidades. Bienvenido a Colombia, querido Francisco.

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