Bienvenidos al centro

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Uribe y Petro representan los extremos más radicales en la política colombiana, por ello seguirán con la idea de dividir al país en falsas mitades. Tratarán de vender la falacia de que ellos son las únicas opciones viables. Necesitan que la gente siga creyendo que la vida es en blanco y negro, nunca con grises o colores.

Jugarán en el 2022 con las mismas cartas que en el 2018. Y ahora que el centro da pasos de animal grande, lo atacarán en disimulada y visceral gavilla buscando que fracase en la primera vuelta, pero en procura de su apoyo para la segunda. Son conscientes de que, en ese escenario, es el centro el que al final elige, pero no gobierna. Basta acordarse del 2018, cuando incluso hasta el retrógrado Duque, con tal de ganar, dijo ser de “extremo centro”.

Uribe y Petro saben que el centro sí existe. Tratan de desconocerlo porque les rasca, les estorba. En los actuales momentos es su peor amenaza electoral y necesitan vencerlo. Los atormenta porque es el único que tiene la potencial capacidad de hacer mover a sus electores.

Saben que el centro representa inclusión, un lugar donde todas las ideas sin importar su procedencia son bienvenidas y valoradas, lo que no significa acogidas. Saben que el centro reconoce la existencia de matices y rechaza el fundamentalismo, el fanatismo y a los falsos mesías. Saben que el centro enfrenta los problemas para encontrar una solución y confronta ideas sin graduar de enemigo al contradictor.

Quien más carácter y dotes de estadista requiere es un político de centro, pues los radicales de lado y lado, con frecuencia, se disgustan con él. La verdad es que en el centro es donde más se aplica la vieja idea de que gobernar no es el arte de agradar sino el de hacer lo correcto, cosa que el populismo y el radicalismo no están ni cerca de entender.

Tanto la extrema derecha de Uribe como la extrema izquierda de Petro apelan a la indignación ciudadana, a la búsqueda de un enemigo común al que hay que desaparecer, a exacerbar la lucha de clases, a prometer triunfos militares, paramilitares o subversivos, da igual, y a jurar reivindicaciones mágicas y taquilleras que sus fanáticos aplauden sin el más mínimo análisis, pues provienen de la “sabiduría” de sus líderes. A ellos solo se les puede demostrar respeto, sumisión e idolatría, no deben ser ni cuestionados ni investigados, porque todo es persecución.

A la larga son lo mismo. Fomentan en su electorado un odio despiadado por todo aquel que piensa diferente, buscan que la gente vote indignada, berraca, herida, y sus propuestas son esencialmente populistas.

Para el 2022 se necesita una opción de centro que asuma el reto de alcanzar una sociedad más igualitaria en la que prime el respeto de las libertades y se consolide la paz. Un centro que entienda que la lucha contra la corrupción, un cambio profundo en la manera de hacer política y el fortalecimiento de la democracia y del sistema de justicia deben ser inaplazables políticas de Estado.

Esa opción debe tener como meta dar un salto al desarrollo que nos permita abandonar todo cuanto nos ata a una república bananera; debe hacernos creer que este país no es una finca que necesita un mayordomo, sino un Estado que demanda la presencia de un estadista.

El centro en Colombia debe ser una opción con capacidad de convencer a quienes algún día fueron uribistas o petristas, o se vieron forzados a serlo por no haber encontrado más opciones, y en todo caso han entendido que llegó la hora de seguir en la lucha por reivindicar sus causas, pero con la moderación propia del centro.

Hay que cambiar la historia. El centro debe tener presidente, no simplemente ayudar a ponerlo.

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