Por: María Antonieta Solórzano

¡Bienvenidos los dóciles!

Cualquiera puede enojarse. Eso es algo muy sencillo. Pero enojarse con la persona adecuada, en el grado exacto, en el momento oportuno, con el propósito justo y en el modo correcto, eso ciertamente no resulta tan sencillo”.


Aristóteles


Defenderse con enojo y hasta guerrear forman parte tanto de nuestra dotación natural como de nuestros derechos, siempre y cuando nos encontremos en una situación de verdadero peligro. Pero sucede que en el mundo actual, jerarquizado y competitivo, hemos desviado el concepto de peligro.


Hoy día nos parece peligroso, por ejemplo, que el otro haga algo que “a mí no me guste”, que otro tenga una opinión distinta de la mía, que otro se destaque más que yo, que pertenezca a un género, religión o raza distintos de los que “yo apruebo.” En estas circunstancias nos autorizamos para enojarnos, encolerizarnos e incluso llegar a actos extremos, como el exterminio.
Hemos creado una convivencia en la que no distinguimos el peligro de muerte de la ofensa al ego. Nuestra ansia de poder nos lleva a toda clase de posturas extremas y fundamentalistas, e imaginamos que una coacción al ego es una amenaza de muerte.


Trascender la rabia o la indignación ha dejado de ser un imperativo ético, por lo tanto hemos terminado haciéndole honor a la debilidad disfrazada de brutalidad y violencia. Aceptamos como líder a alguien iracundo, irascible y colérico, como si esa condición correspondiera a fuertes y razonables convicciones y no a una carencia total de autorregulación emocional y espiritual.


Así las cosas, permitimos que las ansiedades y el ego de estos “líderes” nos polaricen, nos dividan y nos lleven a inútiles y desgarradores combates a muerte entre hermanos y naciones, incluso a acciones que acaben con el planeta mismo.
Aquel que no despierta pasiones extremas, sino que es más bien sereno, conciliador e incluyente; alguien cuya docilidad, es decir, su don para allanar el camino a través del buen trato, es visto como uno que no toma posición, como un perdedor que no se define.


Hemos confundido tanto la noción de peligro que quien nos invita desde su fuerza interior al camino del cuidado y la conciliación nos produce desconfianza, y quien desde la falta de control emocional nos propone el fundamentalismo es visto como alguien seguro, fuerte y capaz de proteger.


La invitación es clara. Si caminamos por el sendero de la docilidad, que regala sencillez y cuidado para limar con gentileza las asperezas y la sensibilidad para sentir empatía por el dolor ajeno, seremos capaces de convivir escuchando con atención y detenimiento el corazón, las vivencias y las opiniones de los diferentes. Esto sólo puede enriquecer nuestro mundo. ¡Bienvenidos los dóciles, son maestros de la serenidad!

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