Por: Brigitte LG Baptiste

Bioculturalidad

Existe una relación muy íntima entre muchas sociedades y su entorno biológico inmediato, no solamente dada por la coexistencia, inevitable, sino por la construcción de un modelo cultural elaborado por generaciones que marca la identidad y las prácticas de las personas y sus instituciones en un territorio.

Los pueblos indígenas representan esta clase de procesos y los retienen, incluso, cuando ha habido procesos de desplazamiento: llevan el bosque o el río en su sangre. Pero la bioculturalidad no se restringe a las comunidades ancestrales, ya que un acto deliberado de consciencia de la posición del cuerpo y el grupo social en un ecosistema define muchas posibilidades de ser y disfrutarse vitalmente, como muestran las sociedades parameras.

El mejor ejemplo de las prácticas bioculturales es la configuración de un paisaje típico, el goce de la comida propia, las recetas y platos tradicionales. También los calendarios productivos, los ritos de paso, las músicas e interpretaciones artísticas; el “sentido de lugar”.

No es exclusivo tampoco de ámbitos rurales, pues la convivencia entre fauna, flora y humanos en muchas ciudades emblemáticas también define un proyecto biocultural, incluso en ámbitos profundamente transformados.

El reconocimiento de esta dimensión biocultural es fundamental en la construcción de un planeta sostenible, pues llena de sentido las búsquedas de bienestar dentro de un contexto material concreto, algo que en el ambientalismo idealista se pierde de vista fácilmente: en todas partes la gente tiene que organizarse para cultivar, pescar, manejar el bosque, construir o apropiar tecnología, lo cual requiere decisiones arriesgadas y la valoración equilibrada de sus efectos potenciales.

Este pasado fin de semana se reunieron en Ixtlán de Juárez (Oaxaca, México) decenas de líderes de comunidades campesinas e indígenas de Latinoamérica para discutir, con el apoyo de la agencia sueca de biodiversidad (Swedbio), las condiciones de persistencia y capacidad de adaptación al cambio global de sus proyectos de vida, bajo el principio de la resiliencia: ¿cómo mejorar la capacidad de respuesta de sus culturas a los retos del cambio climático, el libre comercio, las economías corporativas globalizadas, las migraciones o el acceso masivo a información en las redes sociales?

No fue sorprendente encontrar una dura crítica al papel del Estado contemporáneo en las discusiones, especialmente ante la evidencia de la cooptación de los gobiernos por los grandes capitales o el bloqueo normativo sistemático y torpe a la diferenciación que ejercen; pero sí fue una sorpresa para muchos encontrar cómo las cualidades adaptativas de un proyecto biocultural a menudo se alejaban de la tradición y el pasado para adoptar grandes innovaciones institucionales que incluían alianzas con el sector privado, sistemas financieros alternativos o cooperativismo sostenible.

Pensando en la bioculturalidad adaptativa, el aparente veto a la minería no pareciera implicar para nada que el oro de San Lucas, Santurbán o Cajamarca no debiera extraerse, sino quién lo hará y de qué manera: las comunidades locales quieren ser protagonistas, no las presas en su propio ecosistema.

 

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