Blancos y negros: el problema es más de fondo

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La muerte por asfixia de George Floyd a manos de un policía blanco que durante varios minutos puso la rodilla sobre su cuello ha desatado múltiples protestas en varias ciudades de EE. UU. y Europa que giran alrededor de una nueva consigna: “Las vidas de los negros importan” (Black Lives Matter). La muerte de Floyd no tiene justificación alguna y maniobras de la policía como poner una rodilla en la garganta deben ser desterradas de manera inmediata. En Estados Unidos el número de muertos a manos de la policía es, en promedio, de 1.000 anuales, la cuarta parte de los cuales son negros. Y de los 16.000 homicidios anuales en EE. UU., más de la mitad de las víctimas son negros. Pero la estadística más alarmante es que casi 50 de 100 homicidios son de negros contra negros. El autor de esta nota no ha leído una sola palabra de Black Lives Matter sobre la monumental tragedia de los negros asesinando a otros negros.

Dicho lo anterior, el problema de las víctimas indefensas de brutalidad no se circunscribe a policías blancos asesinando a negros, y tampoco se va a solucionar con tumbar estatuas, pintar lemas en las calles ni hacer reformas a la policía. Angus Deaton, premio nobel de Economía, y la economista Anne Case hace poco sacaron un libro seminal: Deaths of Despair (Las muertes por la desesperación, Princeton University Press, 2020). En dicho escrito, Deaton y Case argumentan que mientras la expectativa de vida aumenta en todo el mundo, en EE. UU. la población blanca sin educación universitaria es víctima de una verdadera epidemia de suicidios, sobredosis de drogas y alcoholismo. Según los autores, “de 1978 a 1998, la tasa de mortalidad para los estadounidenses blancos de 45 a 54 años se redujo en promedio un 2 % al año, lo que coincide con el promedio de todos los otros países industrializados”. Pero después de 1998, en todos los demás países ricos la tasa sigue bajando el mismo 2 % al año. En contraste, entre los blancos no hispanos de EE. UU., la tasa de mortalidad aumentó 0,5 % al año”.

Hace pocos días, en artículo publicado en Project Syndicate (15/06/20), Case y Deaton reafirman lo dicho en su libro, pero, a raíz de la pandemia, agregan un nuevo elemento de pesimismo: “Mucho antes de la llegada del COVID-19, otra epidemia proliferó en Estados Unidos y mató a más personas en 2018 que el coronavirus hasta el momento. Lo que llamamos «muertes por desesperación» —por suicidio, enfermedades hepáticas relacionadas con el alcohol y sobredosis de drogas— aumentaron rápidamente desde mediados de la década de 1990, para pasar de unos 65.000 al año en 1995 a 158.000 en 2018. (…) Los estadounidenses con más educación se están alejando de quienes no cuentan con ella, no solo en términos de ingresos, sino también de salud. El dolor, la soledad y la discapacidad se han vuelto más frecuentes entre quienes no tienen títulos universitarios. (...) Sin embargo, los episodios del pasado sugieren que quienes ingresen al mercado de trabajo en 2020 tendrán menores ingresos durante toda la vida (...). En otras palabras, Estados Unidos pos-COVID-19 probablemente será igual al Estados Unidos pre-COVID-19, solo que con más desigualdad y disfunciones”.

La enorme crisis de mortalidad en EE. UU. no se limita a los negros ni a los hispanos. Como lo escriben Case y Deaton, con 158.000 muertos cada año por desesperanza, la crisis de los blancos es igualmente grave que la de los afrodescendientes.

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