Por: Lorenzo Madrigal

Blindaje

Una sola vez he estado a bordo de un automóvil blindado. Se siente miedo; si está blindado, piensa uno, debe ser por algo, un posible disparo, una bomba. En uno blindado se salvó el general Maza Márquez, en la Séptima con 56; en otro, blindado, no se salvó el almirante español Carrero Blanco, hombre de Franco, pues el auto saltó encima de un colegio jesuítico y cayó por dentro en el segundo piso, imagino que al lado de un padre que rezaba el Oficio Divino.

El blindaje no es seguro. En el sentido jurídico se han querido blindar los acuerdos de La Habana, primero considerándolos parte de la Constitución y norma pétrea, adición que se veía imposible a la ya extensa Carta del 91. Era meter, embutir, habría dicho el muy llorado Juan Diego Jaramillo, el mamotreto habanero a un codex brevis de la Editorial Temis. ¿Se imaginan?

Por gran fortuna, el reciente fallo de la Constitucional, aunque se plegó al Gobierno en preservar por 12 años (tres períodos consecutivos) la intangibilidad de los acuerdos, declaró expresamente que no pertenecen al bloque constitucional, lo que constituyó un gran alivio y seguramente eso mismo permitió la unanimidad de la sentencia, aún sin conocerse, como ya es costumbre.

La definición de tales acuerdos como una política de Estad, no me dice mayor cosa, pues no encuentro esa categoría normativa en mis recuerdos de estudiante de derecho. O es una ley, que podría ser modificada por otra ley, o es un Acto Legislativo, que lo mismo, puede ser modificado por otro de igual rango jurídico. Y, sobra decir, que por un acto plebiscitario (que fuera respetado) o por una Asamblea Constituyente, de la que mucho se habla en los últimos días.

No puede ser que este Gobierno, que se presume democrático, no sólo duplique su extensión en el tiempo por medio de la reelección inmediata, que el mismo mandatario expresó no podría volver a ocurrir, sino que alargue los efectos de sus providencias de paz, haciéndolas inmodificables durante los tres períodos presidenciales siguientes. Es, sin duda, una prolongación indebida del mando y una restricción a la democracia alternativa.

Pero las cosas cambian, los hechos nuevos ocurren y los expresidentes languidecen con sus glorias pretéritas. Otras luces constitucionales y un nuevo pueblo pueden venir y alterar los propósitos infalibles de hoy. El tiempo nos mata, es verdad, pero también es cierto que pasa barriendo errores, para un nuevo amanecer de la República.

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El colmo es que se quiera destronar a Rodrigo Lara de la presidencia de la Cámara, porque ya no pertenece a la línea oficial, como lo es que el presidente Santos le enrostre al dictador Maduro que sus elecciones no son confiables —como no lo son—, partiendo de un plebiscito que el propio Santos burló y trastocó.

 

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