Por: Francisco Gutiérrez Sanín

Bocanadas de aire

Macron aplasta a la racista Le Pen, en Corea del Sur gana sobradamente la Presidencia un personaje extraordinario, en Colombia se hunde el referendo discriminatorio de Viviane y Carlos Alonso. No todo, entonces, se puede reducir al avance triunfal de la derecha extremista. Las noticias de que políticos decentes (los cínicos dirán que tolerablemente indecentes) todavía pueden ganar, y con ventajas amplísimas, llegan como una bocanada de aire fresco cuando ya a más de uno le fallaba la respiración. Naturalmente, cada una de estas experiencias es muy distinta: en magnitud (en la península coreana puede estar jugándose nuestro pellejo), en contexto y en razones subyacentes. Y, al menos en el caso coreano, el desenlace es explicado en parte por la normal y saludable rutina democrática de alternación en el poder.

Con todo y eso, vale la pena preguntarse si detrás de ellas no hay un par de dinámicas, y por lo tanto de enseñanzas, comunes. Encuentro que sí. Naturalmente, aquí puede haber un efecto de autoengaño: si uno mira con suficiente intensidad una nube, o un manchón de tinta, terminará viendo la cara de Homero Simpson o del Papá Noel (o, si es Paloma, la de Uribe). Hay hasta una prueba sicológica que usa esto, el test de Rorschach. Pero me hago la ilusión de que no, de que en realidad hay tanto que (re)aprender de la victoria como de la derrota, con la ventaja obvia de que la primera es harto más llevadera.

Lo primero que creo salta a la vista, y que atraviesa las tres experiencias, es que las élites políticas no son homogéneas. A la inversa, si hay algo que puede abrirles las puertas de par en par a los extremistas de derecha es el discurso desmoralizante de que todas son igualitas. Paja. En los momentos críticos pueden portarse de manera muy distinta. Y por lo tanto, segunda gran lección, no hay que meterlas en un solo saco. Y toca darles el crédito cada vez que contribuyan a la democracia y a la inclusión. A mí ya no se me traba la lengua a la hora de felicitar a los cinco parlamentarios conservadores que se decantaron por el no en la votación sobre el referendo Morales-Lucio, o a los partidos que se opusieron desde el principio a la iniciativa, o a los ministros que se enfrentaron brillantemente a ella, o a aquellos que simplemente se indignaron con la agresiva verborrea demagógica de Lucio que llegó con la prepotencia de un rufián de barrio a amenazar e irrespetar al Congreso de la República.

Pienso que hay aún una tercera lección, un poco más oblicua. Para enfrentar a la derecha extremista los políticos democráticos necesitan mantener la capacidad de indignarse. Eso no quiere decir hablar siempre a los gritos; implica, en cambio, señalar a la indecencia siempre que se presente de manera patente. Cuando esto no se hace, la posverdad y la mala fe hacen carrera. Por razones del azar, que gobierna nuestras vidas a punta de caprichos, vi los principales debates que se hicieron en las dos rondas de la elección presidencial francesa. Me llamó la atención en particular el último. Macron le paró el carro a Le Pen. Siendo esta lo que es, se dedicó a dar golpes bajos y a compensar su obvia ignorancia con agresiones. Esta vez, sin embargo, Macron no se arrugó. Los expertos salieron consternados. Pero se equivocaban. Fue fundamental que Macron dijera con claridad lo que pensaba de Le Pen. Algo análogo pasó con el referendo Morales-Lucio (obviamente no una elección, pero sí implicó un debate hecho de cara al público).

Moraleja: a los electores les podrán gustar o no los moderados; depende del momento. Pero, eso sí, casi nunca apoyan a los que se andan con evasivas. ¿Y saben qué? En esta, tienen razón.

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