Por: Tulio Elí Chinchilla

Bochica: pedagogo mítico

BOCHICA NO GOBERNÓ NI QUISO GObernar al pueblo muisca. Llegó a educarlos y los instruyó en ciencias y oficios, les enseñó esquemas de convivencia civilizada sobre la base de la paz, el respeto por los otros y la fidelidad a la ley.

Luego se marchó. Cuando las contiendas necias entre ellos atrajeron el castigo de los dioses y se inundó la sabana de Bacatá, regresó para ayudarles a superar tal calamidad pública: con su bastón abrió el Salto de Tequendama, portentosa obra de ingeniería natural.

Cierta retórica antihispánica ha cuestionado el mito de Bochica por considerarlo una invención interesada de los misioneros católicos de la conquista, quienes —según esta crítica visión— buscaron reemplazar las auténticas divinidades precolombinas con personajes míticos parecidos al Dios cristiano. Esta interpretación de la leyenda chibcha tiene trazas de sugestiva especulación, pero carece de evidencias históricas. Sin embargo, aún como reconversión evangélica de dioses aborígenes, Bochica encarna un modelo de superhéroe cuyos valores y rasgos culturales reviven y cobran asombrosa actualidad.

Una relectura del mito de Bochica sugiere claves atractivas: la idea de que los pueblos no deben ser sometidos y disciplinados con imposiciones de gobierno —aparato coercitivo—, sino que la felicidad colectiva se construye mediante un proceso pedagógico en diversos planos de la vida; que moldear la convivencia armónica y la cooperación social se sustenta en una ética civil, pues socialmente es más rentable ceñirse a las reglas de juego que guerrear por los bienes escasos; que el maestro sabio, luego de trazar pautas educativas a sus discípulos los deja solos para que hagan su propia vida (Bochica prefirió retirarse a disfrutar la soledad y los paisajes de Sogamoso); que quien posee cualidades superiores no los utiliza para castigar sino para proveer soluciones prácticas y de bienestar ante las tragedias sociales (desautorizó al vengativo dios Chibchacum).

Contrasta esta original cosmogonía americana con la mitología griega, llena de dioses y diosas de caracteres personales poco edificantes y a veces hasta repelentes (pendencieros, vengativos, lascivos, atrabiliarios, volubles, envidiosos y crueles con la humanidad). Si es cierto que los sacerdotes católicos se inventaron al mítico personaje, se cuidaron muy bien de no diseñarlo a imagen y semejanza de sus jefes, los conquistadores españoles, maestros en someter mediante la violencia y arrasar civilizaciones (incluidos templos) bajo el urgente impulso de la riqueza arrebatada.

Que Bochica, hombre entrado en años, tuviera tez blanca y larga barba es algo secundario y no desdibuja la semblanza ética del personaje. Más que una postura etnocentrista, tal descripción puede ser otro dato que hace probable la hipótesis de la presencia de viajeros europeos asentados en nuestras tierras en época precolombina. Figuras legendarias parecidas surgieron en pueblos aborígenes de Mesoamérica. Blanco, indio o mestizo, Bochica ha merecido el mejor de los homenajes: que el gran músico boyacense Francisco Cristancho le dedicara el bello bambuco que lleva su nombre.

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