Por: Luis Fernando Medina

Bogotá, la Atenas suramericana.

Por allá a finales del siglo XIX los gramáticos y poetas bogotanos se empeñaron en denominar a su ciudad la “Atenas suramericana” supuestamente por su gran producción cultural.

 La cosa nunca dejó de ser más bien un testimonio del provincialismo de una capital que en aquella época era poco más que un villorrio que no competía en nada con el esplendor cultural y literario de otras ciudades de América Latina como Buenos Aires, México o incluso la vecina Caracas. Pero en estos días, y por razones totalmente distintas, es bien probable que Bogotá sea, ahora sí, la Atenas suramericana. Así como, por cuenta del euro, Atenas ha sido en los últimos meses el escenario de una de las batallas cruciales contra el fundamentalismo de mercado que amenaza con barrer el proyecto de integración europea, en las elecciones que se acercan Bogotá será una de las piezas claves para defender los proyectos progresistas en Colombia y, sin mucha exageración, en América Latina.

Al igual que otras metrópolis latinoamericanas, como México o Sao Paulo, en los últimos años Bogotá se ha convertido en un bastión electoral de la izquierda. Esto no debería sorprender ya que si algo es común a toda la región es que sus grandes ciudades crezcan en forma desmesurada y caótica con enormes problemas de desigualdad, exclusión y segregación espacial. A medida que, con todo y sus problemas, ha mejorado la calidad de la democracia en el continente, los sectores populares a los que los partidos tradicionales habían descuidado han encontrado su propia expresión política pronunciándose a favor de partidos nuevos de izquierda.

Mientras que en México y Sao Paulo la izquierda ha gobernado sobre la base de partidos institucionalizados, con apreciable trayectoria histórica, en Bogotá la izquierda ha tenido que valerse de marcas electorales improvisadas. La excepción, por supuesto, habría sido la administración de Samuel Moreno, apoyada por el Polo Democrático Alternativo, el partido más sólido de la izquierda colombiana. Pero, grave error, el Polo terminó entregándole las llaves de la ciudad a alguien que no solamente no provenía de la entraña de la izquierda sino que además montó un enorme tinglado de corrupción, con participación de la derecha, por cierto.

Como resultado, la experiencia de gobierno de la izquierda en Bogotá ha sido bastante errática, con muchas divisiones internas y dependiente de estilos personales lo cual resulta aún más grave cuando, como en el caso del actual alcalde, se trata de un estilo impetuoso, lleno de timonazos e improvisaciones. Aún sin estos problemas, está claro que la izquierda en Bogotá no lo iba a tener fácil. En una ciudad tan desigual y tan segregada, las políticas que benefician a los barrios populares son totalmente invisibles para las clases medias. Además, siendo Bogotá el premio mayor de la política colombiana, es de esperarse que los medios de comunicación hostiles a la izquierda estén siempre listos a magnificar los errores de la administración. Por todo esto se ha puesto de moda decir que “la izquierda fracasó en Bogotá.”

No tan de prisa. Es verdad que la calidad de vida en muchos sectores ha empeorado, sobre todo por los problemas de movilidad. (Yo, que soy señorito del norte, he vivido en mis propias carnes los trancones.) Pero, paradójicamente, el problema ha sido que la izquierda bogotana, que hace ya varios años acertó en el diagnóstico, y sigue siendo el sector político más lúcido a este respecto, ha sido demasiado tímida a la hora de ejecutar. La buena movilidad no depende de hacer vías y más vías que luego se vuelven a congestionar, sino en lograr una ciudad menos segregada, donde todos puedan vivir razonablemente cerca de su sitio de trabajo. Pero eso implica replantear el uso del espacio urbano, para lo cual sería necesario enfrentarse a muchos intereses muy poderosos. Unas de cal, otras de arena. La izquierda en Bogotá ha logrado avances en frentes de los que nosotros los del norte no nos enteramos, como por ejemplo la lucha contra la indigencia y la pobreza o las mejoras en el acceso a la educación pública.

Ahora el Polo Democrático, tras el desierto al que lo condenó su escogencia de Samuel Moreno, llega a las elecciones de Octubre con su propia candidata: Clara López, que goza de buen reconocimiento entre la opinión. Su programa muestra haber aprendido de las experiencias anteriores. Aunque mantiene el énfasis en los temas sociales que importan a las clases populares, ofrece también puntos atractivos para las clases medias. No es un programa estatista sino que, por el contrario, busca generar cooperación equitativa entre ciudadanos, gobierno local y sector privado, que es el modelo de gobernanza al que se dirigen las ciudades más innovadoras en este momento.

Hay mucho en juego en estas elecciones, no solo para Bogotá. Colombia está en un momento crucial de su historia. Si llega a puerto seguro el proceso de paz se inaugurará una nueva etapa en la que será posible abordar sin violencia muchos temas políticos de vital importancia. Soy de los que cree que en esta nueva etapa Colombia debe superar el fundamentalismo de mercado, que ya hace agua aquí y en tantas otras partes, y debe empezar a crear nuevos modelos de participación, producción y redistribución. Un nuevo capítulo de la izquierda en Bogotá, con un programa pluralista y con una coalición de gobierno más institucionalizada que las colchas de retazos de antes, contribuiría a consolidar alternativas para el resto del país, sobre el cual están puestos los ojos de América Latina. Por eso Bogotá es, ahora sí, la Atenas suramericana. Así como en Atenas se juega el futuro de Europa, lo que ocurra en Bogotá en Octubre será clave para todo el país e incluso el continente.

 

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