Por: Columnista invitado

Bogotá bronxeada

Por: Alberto López de Mesa*

En esta mañana de domingo, Miguel Ángel, el reciclador, sale de la Zona Rosa con su carreta repleta de materiales. El sol le ilumina el regocijo que refleja su sonrisa.

“Aquí en casi todos los negocios me llevan la buena”- dice orgulloso y agrega: “Pero hoy me enguaqué, remodelaron el Jalapeño y me dieron todo el cable que remplazaron, los balastros, las lámparas, un mesón de acero y la grifería en cobre. Como ve ¡me la eché!”

Se orilla sobre el andén y guarda, entre un compartimiento en el chasis, una porción de pizza fresca que le regalaron. De ahí también saca la pipa, se sirve una buena porción de bazuco, la prende, la aspira y la saborea con voluptuosidad indescriptible.

“El gasolinazo. Con este plonazo, ya llego impulsado a vender a la chatarrería de la sesenta. Es la única que atiende hoy y pagan bien”, advierte.

Enseguida toma la carrera 11 hacia el sur, silbando y con paso decidido. No sufre arrastrar el peso del zorro cargado de chatarra.“La Ele o el Bronx, como también le decían, era mi territorio en la ciudad. Los del parche éramos como familia. Yo podía dejar parqueado el zorro y sabía que nada se me iba a perder”, rememora con algo de nostalgia. 

Luego para en calle la 72, se reclina sobre el mesón de la carreta para furtivamente meterse otro pipazo sin que los transeúntes se percaten de su acción. Se enruta hacia la avenida Caracas y continúa su relato: “Yo tuve un perro fiel, Kalimán. El día del operativo atacó a uno de los policías y el maldito lo mató de un tiro en la cabeza. 

Quise mucho a mi perrito. Yo no voy a los hogares de paso, esos centros son para los viejos o para los flojos, para los que les queda grande la calle. Yo trabajo y me hago lo mío, además ahí no dejan parquear los zorros, o sea que si me meto a un sitio de esos pierdo el año, me roban mi herramienta”. 

En el subtexto de su relato se lee resentimiento: “Yo asistía al Oasis de Idiprón cuando todavía vivía el padre Javier de Nicoló. Me gustaba el baño, la comida y que me lavaran la ropa. Aprendí a hacer velas decoradas, pero era un camello venderlas. Lo aburrido eran los talleres de desarrollo personal ¡puta! la misma joda año tras año. Que el proyecto de vida a corto, mediano y largo plazo, que el bazuco es una problemática y, un poco de maricadas que no ayudan en nada. Yo no sé qué aprenden los sicólogos y los trabajadores sociales, si todos dicen la misma carreta y nosotros igual de jodidos y antes peor. Y si uno exige, dicen que la culpa es de uno.  Yo no tengo estudios, pero no soy idiota. Un poco de burócratas ganando plata a costillas de uno y, aun así, nosotros somos los culpables de sus fracasos. ¡A la porra con ellos!”

En la 64, debajo de la avenida Caracas, entra a un lote baldío y se pone a pelar el cable, porque así es que pagan bien el cobre. Se mete allí escondiéndose de los policías del cuadrante. Si lo ven, le quitan el cuchillo. Y si no tienen plata, le decomisan el material. 

“Los tombos, ahora con el nuevo código, se han vuelto más ratas que antes. Si ahora hasta a nosotros los ñeros también nos ‘escunchan’. Pero a los que más se la montan es a los gomelos que cogen trabándose en los parques, los amenazan con el comparendo para sacarles plata”.

Sentencia: “Les digo una cosa, el operativo del Bronx fue para sacarnos a los ñeros, porque a los capos no los cogieron. Yo mismo los he visto por ahí, frescos, entregándole la merca a los jíbaros que ahora son ambulantes. Lo que cambió es que la “merca” subió de precio, que ahora los ñeros no tenemos parche fijo, nos movemos por toda la ciudad. Y se ha vuelto peligrosa la vuelta. Mire, yo le tengo más miedo a los celadores que a la misma ley. Yo sé de ñeros que han desaparecidos. Uno los veía aquí parchados en el separador y de pronto, ni más, se perdieron del mapa y como nadie los pregunta, se desaparecen sin dolientes”.

Terminó de pelar el cable. Sobre la carreta clasifica el material y sale de prisa a venderlo. Está ansioso. Entra a la chaterrería, ufanando lo que trae y, en efecto, lo atienden con preferencia. Atento a la balanza, revisa que le pesen y que le paguen bien su mercancía, sale contento, contando el dinero. 

“Todo sumó ochenta lucas”, asegura mientras hace una estratégica separación de la plata en los bolsillos de la ropa. “Ahora si comamos”. Saca la pizza y un frasco con refresco. Come con avidez.

“La alcaldía nos sacó del Bronx para apropiarse de los lotes y los predios, no pensó en nosotros, nos regó por la ciudad, de todos lados nos sacan. Bogotá ahora está Bronxeada y si no hacen algo por nosotros, se va a poner caliente”. 

*Arquitecto, escritor y ex habitante de calle.

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