Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Bogotá, casi como Ámsterdam

EL PASADO DÍA SIN CARRO, BOGOTÁ respiraba un ambiente distinto. A las 8:30 a.m. cuando me dirigía a mi trabajo, me comuniqué con un amigo y le dije que le hablaba desde Ámsterdam (Chapinero), pues la gente andaba en bicicleta y corbata moviéndose con tranquilidad camino al trabajo.

Los buses eran abundantes, se movían con agilidad y en ellos se transportaban ricos y pobres. La ciudad parecía otra.

Pero no todo era como Ámsterdam. Los buses echaban humo y se caían en profundos huecos. En un cruce sobre la Séptima, observé un pequeño tumulto en el separador del medio y al acercarme vi cómo la gente protestaba e insultaba a un policía que muy acucioso señalaba a los autos que cruzaran, mientras los peatones esperaban cruzar, momento que nunca llego. Tras las crecientes y casi alevosas protestas, el policía se sacó el silbato de la boca y le dijo a las exacerbados peatones: “Miren la señal de prohibido para los peatones”. Allí estaba la señal. Como peatones nos falta mucha educación.

Sin embargo, algo nos hemos civilizado. Recuerdo que un día en 1994 cuando era director de Ecofondo -una organización de organizaciones ambientales- fui en bicicleta a una reunión con el gerente de una financiera y al llegar al edificio le dije al portero que necesitaba parquear la bicicleta. Automáticamente me respondió: “Entregue la correspondencia aquí”. Le reiteré que tenía una cita con el gerente pero incrédulo y sarcástico me dijo: “Aquí está prohibido que los mensajeros parqueen sus bicicletas”. Me fui a buscar lugar en un parqueadero de autos y tampoco me dejaron. Les dije: “Déjeme parquear que yo le pago”. “No, no hay parqueo para bicicletas”. Ha sido difícil pero hemos avanzando pues ahora universidades y centros comerciales tienen parqueadero para bicicletas. Algunos doctores usan la bicicleta y hasta están entendiendo que el bus también transporta. Sin embargo, todavía, sólo concede título de doctor el moverse en auto particular y la bicicleta no da puntos para el doctorado.

El Día sin Carro, cuando no era hora pico, tomé el Transmilenio y fue agradable. Pero el articulado culebreaba por la Avenida Caracas para evitar los huecos y no atropellar a los colados que corren por todas partes. Hice el cambio al SITP y realicé un pago electrónico. De nuevo me sentí como en Amsterdam, pero el humero que expedía el vehículo me hizo aterrizar. Hacía un buen día y se disfrutaba caminar, pero en la calle navegaban las bolsas plásticas y la basura estaba esparcida. Ya habían pasado los recicladores quienes, aunque habían hecho una buena contribución recuperando partes útiles de lo que otros habían desechado y mezclado con lo no reciclable, habían roto las bolsas de plástico y el viento y los perros callejeros hacían de las suyas. A ciudadanía y administración nos falta criterio y determinación para producir menos basura, separarla en la fuente y manejarla mejor.

Llamé de nuevo al amigo: “Lo llamo de Chapinero- Bogotá, no de Amsterdam. Aún nos queda mucho camino por pedalear”. Propongo que el día sin carro sea una vez a la semana.

 

 

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