Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Bogotá, de Washington a Pekín

El futuro de Bogotá lo estamos definiendo y el modelo a seguir varía desde Washington hasta Pekín.

La primera es quizás una de las pocas ciudades planificadas, que desde su inicio se pensó como centro administrativo y no como centro para el desarrollo industrial. Su población creció y se estabilizó cercana a los cinco millones de habitantes, atada al crecimiento de la administración pública y a la burocracia internacional. Pekín no fue planificada. Creció asociada a temas de administración y gobierno del Imperio chino y luego como eje del desarrollo industrial, donde las economías a escala que buscan concentrar grandes mercados, producción y consumo en un solo lugar animaron su crecimiento poblacional. Hoy son cerca de 23 millones de habitantes.

Las dos ciudades tienen metro. En Washington, el metro es espacioso e invita a no utilizar el auto particular, pues significa un desplazamiento mucho más rápido y menos costoso. Los trancones, menores que los de Bogotá, también existen y el costo del parqueo es muy alto. En Pekín, el metro es moderno y mucha gente se desplaza en él. Las grandes distancias lo convierten en medio indispensable. Los trancones no se dan como en Bogotá, esquivando huecos, sino por el número de vehículos particulares, que sería aún mayor si no estuviese regulado por el Gobierno.

En Bogotá no tenemos metro, pero estamos empeñados en hacerlo. Esto exige transferir recursos de la Nación a la capital, usando la Ley de Metros que aplicó Medellín y que dice que el 30 % del costo del metro lo aporta la ciudad y el resto la Nación. Colombia es un país centralizado donde el 25 % de su población se concentra en Bogotá y su área metropolitana, y donde el ingreso per cápita de la ciudad es el doble de dicho ingreso en el resto del país. El interrogante es si, en época de escasez de recursos públicos y cuando decimos que la paz se construye en y desde los territorios, la mejor alternativa sea invertir parte de esos recursos para que Bogotá tenga el metro que se merece. Esto hará a Bogotá más competitiva frente al resto del país, fortaleciendo el centralismo.

Nadie niega la necesidad del metro para Bogotá. Pero me pregunto si es el momento de seguir concentrando producción y consumo en torno a Bogotá, aplazando mejores oportunidades para el Andén Pacífico, los Montes de María, Catatumbo y Caquetá, entre otras regiones. ¿Será que lo más urgente es el metro de Bogotá, incluida la línea a Soacha, Mosquera y la terminal cerca de la Reserva van der Hammen? Algunos argumentan que este proceso de urbanización es una medida de equidad para con los futuros migrantes, que tienen todo el derecho de ubicarse en la gran ciudad, y no una respuesta a los intereses de las grandes constructoras, como otros afirman.

Dejo la reflexión a los lectores: qué modelo seguir, Washington o Pekín, o quizá São Paulo, donde la crisis por la falta de agua ya está desvalorizando la finca raíz, en una megaciudad cuyo PIB es mayor que el de toda Colombia. ¿Será que algo tenemos que decidir los bogotanos o estamos condenados al crecimiento, la polución y la falta de agua? Si así es, ¡¿para qué elegimos alcalde?!

 

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