Por: Ricardo Bada

Bogotá en una novela inglesa

La colección Andanzas, del sello Tusquets Editores, me ha deparado más de una agradable sorpresa a lo largo de mi vida, entre ellas el descubrimiento de una novela del norirlandés Robert McLiam Wilson titulada Eureka Street, que incluyo entre las más lindas herederas de la mejor tradición narrativa británica.

Pero de ella les cuento en otra ocasión. Hoy quiero referirme a otra novela de la misma colección, de un autor de origen húngaro pero ya resueltamente inglés: Tibor Fischer. Su novela se titula El coleccionista de coleccionistas. La tapa del libro resume así el argumento de la narración: A “Rosa, una joven londinense, tasadora de obras de arte en una empresa de subastas (...), le encargan que certifique la autenticidad de un cuenco de cerámica que desea comprar Marius, un poderoso hombre de negocios y excéntrico coleccionista. El cuenco –tan antiguo como la humanidad– posee los cinco sentidos y está dotado de una hilarante capacidad para narrar, entre otras historias, las peripecias que alteran por completo el apartamento de Rosa”: por ejemplo, “la aparición de Nikki, ladrona impenitente y auténtica máquina sexual”.

Pues bien, con esta Nikki, con Mole (otra protagonista del relato) y con Rosa sucede una escena que quiero también citarles y en la que hace su aparición, como llovida del cielo, la muy noble ciudad de Santafé de Bogotá. Pero antes de hacerlo no quiero dejar de transcribir una de las más memorables frases que esmaltan esta novela: “El pasado, el futuro, son atracciones para turistas. El presente, en cambio, es el pariente pobre del Tiempo, pues tiene que cargar con toda clase de tribulaciones”. Y ahora he aquí la prometida cita: “Entramos, ya que Mole tiene una copia de la llave. Nikki está metiendo sus cosas en la mochila y se queda helada al verla; por primera vez desde que la conozco acusa el golpe, incapaz de buscar posibles armas o escapatorias.

— Hola, Nikki.

Nikki está aún tratando de comprender la situación. ¿Qué hacer? ¿Hablar? ¿Suplicar? ¿Saltar por la ventana?

— Supongo que no me esperabas.

Nikki dice que no. Le tiemblan las rodillas.

— No, supongo que no esperaba ver a alguien a quien le pegué seis tiros en el pecho.

Dice esto con calma, como una niña que en la escuela tratase de resolver el problema de cuánto tiempo tardarían doce lombrices en salir de una sala de fiestas en Bogotá si habían entrado a las nueve en punto”. Y aquí, para terminar, una breve apostilla mía: a partir de ahora, en el altiplano santafereño, ustedes bien podrán retrucar aquella vieja expresión castiza que dice que “donde menos se espera, salta una liebre”, y decir a cambio que “donde menos se espera, saltan doce lombrices”. Y nada menos que en Bogotá.

 

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