Por: Sergio Ocampo Madrid

Bogotá, este cagadero de mis nostalgias

Desde hace cuatro meses, con una pequeña ansiedad, veo desde mi ventana cómo va subiendo, metro a metro, un edificio en construcción sobre el hueco que dejaron las dos últimas casas sobrevivientes en mi cuadra, carrera 19 C, barrio Antiguo Country. Durante varios años me alegré con que siguieran en pie ese par de casonas, no por nostalgia de vida de barrio, una evocación que les parece cursi e inútil a los millennials, cuando uno les cuenta sobre los picados callejeros de fútbol, sobre la “lleva” y las escondidas en el antejardín de la señora Lola, o de la “golosa” que se podía trazar sobre el asfalto sin riesgos de perder la vida. No, mi regocijo era porque gracias al vacío que formaban las casas entre la hilera de edificaciones, yo todavía veía un pedazo de cerro. Un pedacito de la serranía Cruz Verde, esa cordillera pequeña donde están Monserrate, Guadalupe y El Cable.

La mañana del viernes, café en mano al lado de la ventana, le pegué un último vistazo a ese pequeño trocito de loma que aún se lograba entrever en el horizonte curtido de esmog. Salí antes de las 7, para la universidad. Volví cayendo la tarde y la montaña ya no estaba más. La había perdido, y para siempre. Los obreros habían completado el séptimo piso.

¿Qué tan grave puede ser perder la visión de una montaña para lo que quede de vida? Mucho o poco. Eso depende. Para mí es mucho y es amargo porque me reafirma en esa convicción terrible de que Bogotá se nos volvió un “cagadero” en reemplazo de ese “vividero” que nunca fue feliz del todo, pero que era tolerable, y en ocasiones agradable. A veces hasta muy agradable. Y era la mía; mi ciudad; la única donde jamás me he sentido forastero, ni ajeno, ni perdido.

Para mí, ya no poder ver la montaña todos los días es perder el horizonte y, más allá, la seguridad de que hay algo que siempre estuvo ahí, antes de uno, antes de todos, y que seguirá estando cuando ya no estemos, venerable, bajo los soles y los aguaceros; protectora, maternal. Qué mal trueque ese de borrar el cerro para ver la rutina de varias familias apelotonadas una encima de otra, con sus televisores planos encendidos en algún reality, y uno que otro vecino que saldrá a fumar en su balcón para tirar la colilla en el andén. Todo, bajo esa sensación de seguridad que da el encierro, y una portería 24 horas.

Quizá, resignar ese retazo de verde en mi ventana es el reflejo no de la ciudad que perdimos, sino de la que nunca pudimos tener; una ajena a su espléndido entorno, con cien quebradas que bajaban del oriente hace más de un siglo, hacia el río Bogotá, y hoy están secas, o entubadas o hieden como hiede la que atraviesa la mitad del parque El Virrey. Una, asentada sobre una meseta brumosa por el frío, enclavada en  la mitad de dos páramos preciosos (Chingaza y Cruz Verde), y donde en las mañanas más claras todavía se pueden ver los nevados de la cordillera central. Una, plena de humedales, con torcazas y garzas, casi todos extinguidos ya, y con el bramido de una catarata, a menos de una hora, creada por un mago gentil y que hoy es apenas un chorrito maloliente que cae sin fuerza agitado por los ventarrones.

Erradicada la naturaleza, nos debería quedar la cultura, la historia, la idea de que valió la pena trocar el verde por un buen espíritu urbano. Y ahí sí que menos. Esta es una ciudad ajena a la historia, sin certeza ni interés por su origen, sin fiestas ni espacios sagrados. Hace un par de meses escribí sobre qué bonito había quedado el Chorro de Quevedo tras su remodelación, y una semana más tarde escribí de nuevo, con toda la rabia, sobre el grandísimo hijodeputa que ya había manchado este lugar donde dicen que se fundó Bogotá. Era un grafiti de los Millonarios. Hace tres días, ya se sumó otro sobre el muro blanco de la capillita. ¿Será que la fealdad por aerosol hace equidad? ¿Nos iguala?

Cuatro siglos y medio tienen algunas partes de La Candelaria, pero nadie parece notarlo. Menos, la indigencia que duerme feliz en esas aceras llenas de basura y de huecos.

Esta ciudad en la que nos están tapando todos los días los cerros, no es de nadie; ni tiene dolientes ni amigos. Aquí no prosperó nunca el sentido de las cosas públicas. De lo que nos pertenece a todos. Por eso, día a día, 70 mil vivos entran gratis a nuestro metro subdesarrollado, y nadie puede protestar porque puede morir haciendo el intento. Bueno, al menos en un par de décadas algunos escucharán el traquetear ruidoso de un metro. Y digo algunos, porque va a llegar solo hasta la calle 72. No importa que haya 150 cuadras más de pavimento de ahí hacia el norte. ¿Será una pequeña venganza?, ¿un ajuste de cuentas hacerlo llegar hasta la 72, donde siempre se ubicó esa frontera invisible entre ricos y pobres? Nunca supe por qué bajo esa nomenclatura, y no otra, se acuñaron frases como “yo no paso de la 72 hacia el sur sino para estudiar”, o “las novias que he tenido siempre han vivido de la 72 para allá”.

Todos estos pensamientos inconexos y sombríos me suscitó perder la certeza de mi pedacito de monte. Habrá que irse; buscar dónde seguir mirando a los cerros, hasta que lleguen los depredadores de la lonja y nos sigan cementando este cagadero.

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