Por: Luis Carvajal Basto

¿Bogotá hipotecada?

Una frase del alcalde Peñalosa, de la que se puede deducir que no ha gobernado por qué no lo dejan, llama la atención viniendo de un político curtido que ha desempeñado dos veces ese cargo. Finalizando su alcaldía la ciudad tiene los mismos problemas, aumentados, lo que no es imputable al sistema judicial ni se puede solucionar dejándola, prácticamente, hipotecada.

“Yo respeto profundamente la justicia, pero claramente hay intereses políticos, que además firman acciones populares en contra de proyectos, no de Peñalosa; yo soy irrelevante, en siete meses me voy, es en contra de la ciudad”, dijo un alcalde quejoso de procedimientos legales y democráticos, convencido de que la ciudad es él. Ahora, cuando faltan meses para terminar su gobierno y no se ve ni  metro elevado, ni  Transmilenio por la séptima (El alcalde anterior nos ofreció un tranvía que tampoco existe), ni el prometido embellecimiento de las riveras del rio Bogotá. Una vez más  los bogotanos nos quedamos con las ilusiones que pudimos ver en excelentes piezas publicitarias durante las campañas.

Administrar lo público es muy diferente a hacerlo en el sector privado: los niveles de incertidumbre y turbulencias son mucho más altos y los intereses encontrados, que se encuentran  en el origen y en el día a día de las organizaciones públicas, hacen parte de su discurrir. Los cargos de elección popular, desde el primer día, tienen fecha de caducidad. Todo eso el alcalde Peñalosa lo sabía, desde que se postuló, y aunque Bogotá necesite una actualización urgente de su ordenamiento jurídico, administrativo e institucional, no valen disculpas para explicar su desempeño ni se puede excusar en que el abuso de recursos judiciales le impidieron gobernar: hace parte de las reglas de la democracia que le permitieron ganar las elecciones. En circunstancias similares, y en el mismo país con “demanditis aguda”, otra es la suerte de ciudades y alcaldes en Medellín y Barranquilla, por ejemplo.

A punto de terminar la actual administración ya es posible verificar algunos aspectos sensibles de la ciudad en 2018, respecto de la que el alcalde encontró: en la encuesta “Bogotá cómo vamos”, por ejemplo, la percepción de inseguridad, (59-57%) prácticamente, es la misma y  la de los tiempos de viaje aumentó desde 59% a 61%.Percibimos y comprobamos que la demanda de servicios y la población crecen mientras Bogotá permanece atascada. A este punto hemos escuchado al alcalde afirmar que “dejará 45 billones de pesos contratados (Tres veces el canal de Panamá)”.

Acerca de esa contratación, que compromete los recursos actuales y futuros de la ciudad, es razonable solicitar garantías para quienes han realizado inversiones con esa expectativa, como lo hace El Tiempo en su editorial ayer. Pero es mucho más razonable solicitar garantías para los ciudadanos y la salud de sus instituciones ¿Debe tener un alcalde, elegido con el 16.7% del censo electoral, la capacidad de comprometer a la ciudad de esa manera cuando se encuentra a punto de terminar su mandato? ¿Con unos  niveles de impopularidad como los que tiene, y aun si no los tuviera, no debería, cuando menos,  consultar a la ciudadanía sobre inversiones de tal envergadura?

En la recta final de su gobierno  los bogotanos esperaríamos del alcalde más logros que promesas de contratos que no va a ejecutar. Por otra parte, luego de terminar periodo, ¿quién garantiza que esa contratación, como ha ocurrido, no será objeto de demandas  y se podrá concluir lo que no fue posible estando en el gobierno? Recordemos lo ocurrido con el proyectado metro subterráneo en la administración anterior, en el que se invirtieron millonarios recursos,  que Peñalosa cambió luego de una mediática controversia, por uno elevado que tampoco existe.

Al igual que el país, la ciudad, políticamente, se mantiene dividida y eso tiene consecuencias en los mandatarios elegidos: Peñalosa recogió la esperanza ciudadana con la promesa de superar la deficiente capacidad administrativa de Petro. ¿Dará vuelta, otra vez, el péndulo? Luego del deterioro en la gestión de la ciudad al que asistimos, ¿Seguiremos eligiendo alcaldes basados en sus, o nuestras, supuestas orientaciones ideológicas exclusivamente? Un poco de pragmatismo podría ayudarnos a tomar mejores decisiones. Bogotá no necesita un mago o un redentor si no, apenas, un alcalde con capacidad de gestión.

 @herejesyluis

 

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