Por: Luis Fernando Medina

Bogotá: ¿a la izquierda, a la derecha, adelante?

Aunque las encuestas no parecen confirmarlo, los generadores de opinión andan convencidos de que los bogotanos van a rechazar a la izquierda en las próximas elecciones distritales.

Según el argumento, tras doce años de gobiernos de izquierda, ya la ciudadanía está cansada de los muchísimos tropiezos que éstos han enfrentado (a veces por corrupción, a veces por incompetencia, a veces por razones que nadie controla) y va a optar por darle la oportunidad al centro-derecha, o incluso a la derecha pura y dura. Puede que sí, puede que no. Falta mucho tiempo todavía. Pero, aunque es comprensible que todos los analistas quieran interpretar este proceso electoral bajo el prisma de las divisiones políticas tradicionales, en cuestiones urbanas está cada vez más claro que las nociones “izquierda” y “derecha” no siempre significan lo que solemos entender por ellas.

En asuntos nacionales, generalmente la división entre izquierda y derecha se plantea en torno a los dilemas entre “equidad” y “crecimiento” por un lado y entre “público” y “privado” por otro. Se suele decir, simplificando en exceso, que la izquierda enfatiza por un lado la búsqueda de la equidad, con base en un sector público fuerte, mientras que la derecha le da prioridad al crecimiento estimulando al sector privado. No viene al caso hoy discutir los defectos de este esquema. Lo que me interesa señalar es que, cuando se trata de asuntos urbanos, buena parte de estos dilemas desaparecen. En las ciudades del siglo XXI, debido a los cambios estructurales en la economía, más equidad lleva a más crecimiento y un buen sector público es el requisito fundamental para un buen sector privado.

Gracias a las nuevas tecnologías de información, el crecimiento económico depende cada vez más de la capacidad de generar interacciones creativas entre individuos. Esto es particularmente cierto en las ciudades debido a la primacía del sector servicios. Para tener una buena oferta de servicios no basta con tener mano de obra barata. Es más, la mano de obra barata puede ser contraproducente. Los buenos servicios, la tecnología de punta, la educación de calidad, la cultura innovadora, por solo poner unos ejemplos, son los que resultan de gente preparada que está en constante diálogo con sus pares.

Pero para tener gente preparada y en constante diálogo es necesario crear los espacios y los medios. Por eso las ciudades más exitosas del mundo son las que construyen una infraestructura pública para todos. Seguramente los bogotanos que lean esto al ver la palabra “infraestructura” van a pensar inmediatamente en vías. Los entiendo dado que desplazarse en Bogotá es una pesadilla. Pero “infraestructura” no es solo vías e incluso las vías a veces son parte del problema y no de la solución. Cada vez está más claro que la cultura del automóvil tiene costos económicos, sociales y ambientales elevadísimos. Es muy difícil generar redes creativas de interacción social cuando cada persona se pasa horas encerrada sola en su automóvil (o en su motocicleta).

Bien entendida, la infraestructura para una ciudad moderna es mucho más que vías. Una ciudad creativa y productiva debe ser una ciudad con un centro urbano denso donde viva gente de todos los oficios, una ciudad donde se camina mucho, se usa mucho la bicicleta y el transporte público (¡metro ya, por favor!), una ciudad con abundante oferta de internet barato (o gratis), con portales de internet que sirvan para unir a los ciudadanos en iniciativas que involucren al sector público y al sector privado, una ciudad con colegios públicos que unan a niños de distintas clases sociales, en fin, una ciudad que logra espacios donde los ciudadanos interactúan en condiciones de igualdad.

Este tipo de procesos innovadores solo se puede lograr si se rompe con los presuntos dilemas clásicos. En una ciudad moderna la igualdad genera crecimiento porque la igualdad es lo que permite que surjan nuevas ideas y proyectos desde los sitios más insospechados. Como la riqueza que genera una ciudad moderna es creada por todos, se debe distribuir entre todos. Por eso, en la ciudad el buen gobierno es el que ayuda al sector privado, ofreciendo condiciones básicas para producir, pero también es firme a la hora de negociar en defensa del patrimonio público.

Es comprensible que las administraciones de izquierda, con todo y sus errores, hayan concentrado sus esfuerzos en las necesidades básicas de las clases populares. Pero ya es hora de que la izquierda vaya más allá y ofrezca una visión de ciudad que involucre también a las clases medias. De lo contrario, será muy difícil contrarrestar la visión de ciudad excluyente que se ofrece desde la otra orilla, basada en macroproyectos de ciudades-dormitorio en la sabana de Bogotá, privatización de los espacios comunes y vías al servicio del automóvil que fracturan el paisaje urbano.

Nunca he creído el famoso discurso del “fin de las ideologías.” Las ideologías siguen existiendo, solo que se van adaptando a los tiempos. Las ciudades del siglo XXI necesitan paradigmas del siglo XXI, bien sean de derecha o de izquierda. Espero que en este proceso electoral que ya está en curso se puedan desarrollar tales paradigmas y que quien lo haga en forma más exitosa reciba la recompensa en las urnas.

 

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