Por: Arturo Charria

Bogotá militarizada

La imagen de soldados patrullando las calles de Bogotá e incluso haciendo requisas no transmite seguridad. Al contrario, da una sensación de miedo y envía un mensaje negativo a la ciudadanía que recuerda los peores años del Estado de Sitio.

No entiende el presidente Duque que el Paro Nacional no es una amenaza subversiva o un complot internacional, sino que, como toda movilización, es una acumulación de fuerzas para negociar el cambio de sus políticas. En pocas palabras, es un mecanismo de presión dispuesto por toda democracia para que la sociedad exprese públicamente sus desacuerdos. Por eso no puede hacerse desde las casas, por los andenes o de manera virtual, sino que debe ser contundente y pacífico para que su eco llegue a los espacios en donde se toman las decisiones.

De ahí que un gobierno responsable tiene dos opciones: dar un giro en sus políticas o llamar a los sectores opositores para concertar nuevos rumbos para el país. Pero el gobierno del presidente Duque, que promociona un gran pacto nacional, demuestra con sus acciones que su respuesta a un derecho democrático y constitucional es militarizar las calles. Insisto, como en los años del Estado de Sitio.

En los últimos días se han presentado roces entre estudiantes universitarios en el centro de la ciudad y militares que llegan a exigir documentos e imponer su doctrina sobre el “buen” uso del espacio público. Esta situación solo aumenta la tensión en los días previos a las movilizaciones del 21 de noviembre.

Al miedo de las botas militares en Bogotá, se suma la intimidación discursiva de un supuesto caos promovido por “conspiradores” profesionales. Afirman los sectores más radicales del gobierno que el Paro busca desestabilizar política y económicamente al país. Incluso quieren crear un falso dilema entre un país de gente de bien (que produce) y otro de “vagos”, que todo lo quieren gratis.

El presidente Duque debería ser consciente de que el uso de las Fuerzas Militares para dirimir asuntos internos en una ciudad tiene pésimos antecedentes. Basta con recordar los acontecimientos del 9 de junio de 1954, cuando estudiantes de la Universidad Nacional se movilizaron por la Carrera Séptima para protestar por el asesinato de su compañero, Uriel Gutiérrez. La respuesta del General Gustavo Rojas Pinilla, presidente/dictador, fue enviar al Batallón Colombia. El resultado fue ocho jóvenes muertos en el que sería uno de los días más trágicos del movimiento estudiantil y la protesta social en Colombia.

Entonces, ¿qué espera el presidente Duque que pase con la militarización de Bogotá? En lugar de realizar acciones preventivas con la Policía, la imagen de estos militares patrullando con fusiles y armamento pesado solo incrementa la desconfianza en una institución, que por estos días, no tiene la mejor reputación.

Por eso, más allá de la tensión que genera la anacrónica imagen de los militares vigilando las noches de Bogotá, el gobierno debe responder por el papel de esta fuerza durante el Paro Nacional: ¿en dónde estarán?, ¿qué instrucciones tendrán durante las movilizaciones? y, lo que más debería preocuparnos, ¿por qué hacen sus rondas citadinas con armamento para la guerra?

@arturocharria

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