Por: Luis Carvajal Basto

Bogotá: no matemos la gallina

La reacción ciudadana ante el aumento de impuestos señala que está en riesgo la cultura tributaria, uno de los mayores logros de la ciudad desde 1992.Los recursos se recaudan, pero no se ejecutan oportunamente.

Los niveles de tributación en Bogotá son buenos. El auto avalúo, establecido en la administración de Jaime Castro, fue pieza maestra en la recuperación de unas finanzas que, hasta entonces, se fundamentaban en el endeudamiento. Eso permitió que en el primer año de su aplicación casi un millón de contribuyentes firmaran la autoliquidación de un impuesto que no superaba el 50% de los avalúos comerciales. Con su consolidación la historia financiera de la ciudad cambió.

Luego de encontrarse casi quebrada, ha podido conseguir y sostener una evaluación AAA por parte de las calificadoras de riesgo.

Para los ciudadanos sus bienes son un activo que, hasta ahora, se valoriza. Ello ha permitido que en el 2014 se lograra un recaudo oportuno de 1.890.235 millones por predial, un 43% más que en 2012, un incremento muy por encima de inflación, aumento de salarios o cualquier otro. En el caso del impuesto por vehículos se recaudaron 490.035 millones, “apenas” un 19% más que en 2012, a pesar de que se matricularon, en ese periodo, 200.000, siendo la razón de la diferencia sencilla: los carros se han desvalorizado. ¿Qué pasaría si ocurre lo mismo con la propiedad raíz? Es complejo poner en riesgo la costumbre de pagar estableciendo unas tasas de tributación exageradamente altas. La actualización Catastral es importante, pero debe consular la capacidad de pago de la gente.

La inconformidad ciudadana se explica mejor si se confrontan los niveles de impuestos con los servicios y las obras que recibe. Un ejemplo de ello puede verse, otra vez, en el caso de los vehículos: mientras el número de ellos que paga impuestos prácticamente se duplicó desde el 2007, tenemos en esencia la misma malla vial pero más deteriorada. ¿Problemas de movilidad? ¿Mejoramiento de los tiempos de transporte? ¿Del servicio público?¿De Transmilenio?

Las respuestas son obvias y tienen que ver con variables como que la capacidad de ejecución de la ciudad es inversamente proporcional al esfuerzo ciudadano para pagar impuestos. Una mirada a los niveles de ejecución resulta esclarecedora.

En el 2014, de acuerdo con los giros realmente efectuados, los niveles de ejecución - inversión consolidada del Distrito apenas llegaron al 65%; en entidades de las que depende el desarrollo de la ciudad como el IDU (Inversión- autorizaciones de giro) al 13.82%(¡!!) Mientras la inversión directa al 6.82%(¡!!).Son cifras verdaderamente aterradoras. Para 2015, hasta el 9 de abril, las cosas no han cambiado mucho: las autorizaciones de giro, inversión - ejecución directa, alcanzan apenas el 1.5%.

Acerca de la inactividad de la administración, las cifras hablan por sí mismas y saldan cualquier discusión: a 31de diciembre de 2014 Bogotá tenía en caja $1.672.556.573, una cifra equivalente al 88% del predial que recaudó, y en inversiones $2.613.705.844, un 58% de la inversión directa de toda la administración central de la ciudad. Cualquiera tiene todo el derecho de preguntar ¿Para qué quieren más plata? ¿Cuánto de los programas sociales se quedó sin ejecutar?

La situación que empieza a crear un impuesto difícil de pagar tiene consecuencias como la pérdida, ahora o en el mediano plazo, de una cultura tributaria que después de un largo esfuerzo se había consolidado. No solo los manifestantes reclaman: gremios como Fenalco, que antes del auto avalúo criticaban la débil estructura de impuestos, ahora se quejan de su monto exagerado que desestimula la inversión y la construcción de vivienda que genera empleos.

Por otra parte, a nadie le puede gustar que se cobre con rigurosidad para guardar la plata en los bancos; al fin y al cabo el Distrito no es una entidad financiera. Un predial impagable puede terminar acabando, como en la fábula, con la gallina de los huevos de oro. Ojo, señores candidatos.

@herejesyluis

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