Por: Arturo Charria

Bogotá nomeolvides

Lo importante es buscar. Estar siempre atento en las calles y aprender a caminar repasando el filo de los caminos y los bordes de los árboles: la flor es tan pequeña que apenas si cabe en la mirada.

La primera búsqueda fue larga y, quizá, la más obsesiva. Fueron cientos de llamadas, visitas a viveros, jardines botánicos y plazas de mercado. La palabra saltaba en el celular al escribir las primeras letras: “no” e inmediatamente el autocorrector sugería el resto: “meolvides”. Aprendí su nombre científico: Mysotis. Y solía aparecer en medio de las conversaciones, como si su ausencia pudiera llenarse con historias: “Es el símbolo de los amores eternos”, “es la flor de la memoria”, “se escribe así, pegado, nomeolvides” y pronunciaba cada sílaba como si despertara de una anestesia y debiera aprender a hablar de nuevo.

De tanto contar la historia alguien nos dijo que estaban en una vereda de la Calera, a las afueras de Bogotá. Con precarias indicaciones fuimos a buscarlas. Nos perdimos. Dimos vueltas, una y otra vez, sobre los mismos caminos de tierra, hasta que ubicamos una pequeña casa amarilla que nos señalaron como referente. Cuando la vimos, no podíamos creerlo, de tanto buscarla, pensábamos que no existía. Era tan pequeña que cabía en un ojal y necesitábamos abrir desmesuradamente los ojos para verla, aunque quizá no se trataba del tamaño, sino de la felicidad que nubla la mirada.

Ahí estaba: era un campo de nomeolvides. Recogimos todas las que pudimos y las llevamos al Centro de Memoria, Paz y Reconciliación. Plantamos un jardín y pensábamos que eran las únicas en Bogotá. Nos gustaba repetir que la flor de la memoria y los amores eternos solo crecía para nosotros. Pero estábamos equivocados.

Comenzaron a llegar noticias de otros lugares en los que decían haberla visto. “Está cerca de la Universidad de la Salle, junto al grafiti que pintamos en la conmemoración del pasado 9 de abril”, “en el Parque Nacional, frente a una casa por la calle 36 con carrera 5°, hay una maleza en la que también crece”. Hace poco, descubrimos que, en el patio interior del Museo de Bogotá, todas las plantas tienen a su alrededor la flor. Era como si la nomeolvides hubiera estado escondida en la ciudad, pero una vez descubierta, floreciera sin pudor en los lugares más insólitos.

El 24 de agosto de 2018, Juan Rúa nos envió una carta desde La Estrella, Antioquia. Ésta venía con un regalo que nos conmovió: “me siento en la obligación de hacerle llegar un puñado de semillas de esta planta, como un gesto simbólico de amistad (...) dicho Centro de Memoria es el lugar natural de esta planta”, escribió Juan.

Por estos días, una amiga la vio en el centro de la ciudad, me dio las señas y fui a buscarla. Iba con la mirada baja buscando algún matorral del que se desprendiera, tímidamente, un destello azul. Recorrí la calle y revisé la dirección para saber si estaba en el lugar correcto. Todo estaba bien, pero la flor no aparecía. Al comenzar el viaje de regreso, vi la flor escrita: “No te olvido”, decía. Está mal escrito, me dije. Sin embargo, recordé que la flor tiene muchas variaciones y ésta podía ser una de ellas.

Me gusta pensar que esta flor algún día llenará por completo la ciudad y será tan recurrente verla que todos sabrán su nombre. Pero también que la belleza de esta flor nos cuenta otra historia que muchas veces olvidamos y que hace parte de nuestras vidas, pues esta flor representa las historias de millones de víctimas: sus tristezas y sus esperanzas. Esa es la potencia que tiene la memoria, hacer que la vida florezca.

@arturocharria, [email protected]

 

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