Por: Juan Pablo Ruiz Soto

Bogotá-región no: ¡Bogotá-país!

Las administraciones de Bogotá D.C. se han caracterizado por mirar Bogotá desde Bogotá (mirándose al ombligo), o máximo como Bogotá-región. La administración Peñalosa habla de la relación entre Bogotá y la Sabana, pero es necesario que extendamos esa mirada a Bogotá-país.

El excelente artículo publicado por El Espectador el domingo pasado, “¿Llegó la hora de frenar a Bogotá?”, plantea la pregunta correcta y presenta diversos argumentos. Mi respuesta a esta pregunta es: ¡sí! Hace años llegó la hora de frenar el crecimiento de Bogotá. Ahora, para aclimatar una paz estable, duradera y sostenible es urgente planificar un desarrollo menos centralizado y más equilibrado entre Bogotá y el resto del país.

Favorecer la migración y el crecimiento acelerado de Bogotá y Bogotá-región no es condición para mejorar la calidad de vida de los bogotanos. El compromiso del alcalde con sus electores significa adelantar acciones que conduzcan a una mejor calidad de vida de los habitantes actuales de la ciudad, lo cual incluye conservar y consolidar espacios verdes como la Reserva Van der Hammen. Respecto a la expansión urbana, la mayor competitividad de las macrociudades no significa mejor calidad de vida. Mayor población tampoco significa mayor competitividad.

Referentes de competitividad y baja calidad de vida encontramos en China, Corea y Brasil. Shanghái —la ciudad más grande de China—, Chongqing —la metrópolis más poblada del mundo y la zona más industrializada de China, con 32 millones de habitantes— y Seúl —en Corea del Sur— son ejemplos asiáticos. São Paulo concentra un tercio del PIB nacional, gran congestión, contaminación y extensas zonas de pobreza y drogadicción. En grandes centros urbanos muy competitivos, la calidad de vida para la gran mayoría de sus habitantes es mala. Los grupos de menores ingresos sobreviven, pero trabajan para vivir y viven para producir: su calidad de vida es pésima. En términos ambientales, sostener estos macrocentros de producción y consumo genera una gran huella ambiental, que sobrepasa sus límites territoriales y hace que sus habitantes padezcan niveles de congestión y contaminación indeseables.

Mayor población no necesariamente significa mayor competitividad. Ejemplos evidentes son Delhi y Bombay, que —con cerca de 22 millones de habitantes— concentran pobreza, ineficiencia y contaminación.

Las grandes ciudades del mundo que no presentan indicadores desastrosos y que tienen buena calidad de vida, como Nueva York, París y Londres, corresponden a países imperialistas que históricamente han concentrado la riqueza del mundo —Francia e Inglaterra en siglos anteriores y Estados Unidos en tiempos más recientes—. Nosotros, por ingreso per cápita, nivel de concentración en producción y consumo, e incluso número de motocicletas en las calles, nos parecemos mucho más a los asiáticos y Brasil que a europeos y norteamericanos.

Si queremos un mejor nivel de vida para los bogotanos y su área metropolitana, y queremos construir una paz estable, duradera y sostenible, frenemos el crecimiento de Bogotá y apoyemos el cierre de la brecha, disminuyendo el desequilibrio entre Bogotá-región y el resto de Colombia. La expansión urbana y la valorización de la finca raíz en Bogotá-región no pueden ser un propósito nacional. Trabajemos juntos por una ocupación y un uso armónico de nuestro territorio patrio.

 

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