Por: Catalina Uribe

Bogotá y sus intentos de revocatoria

El martes pasado la Registraduría Nacional recibió el primer listado de firmas que respaldan la revocatoria del alcalde Peñalosa. Una vez más los bogotanos estamos presenciando un proceso que busca la salida del alcalde. Hago énfasis en lo recurrente de la situación porque en el pasado ya se ha intentado, sin éxito, revocar a distintos alcaldes mayores. Se intentó con Petro, Moreno, Garzón, y el primer mandato de Peñalosa.

Es como si ya fuese tradición capitalina elegir alcalde y después buscar revocarlo. De hecho, muchos de quienes apoyaron la revocatoria de Petro están hoy del lado de Peñalosa y viceversa. Y aunque tiene sentido porque los dos alcaldes están en arenas políticas opuestas, se vuelve un poco sospechoso. Este recurso se ha convertido en la primera opción para los opositores que no están de acuerdo con el mandato de turno.

No estoy ni del lado de Peñalosa ni de Petro. Tampoco estoy diciendo que las revocatorias sean malas. Mi punto es que hay que ser cuidadosos y conscientes cada vez que utilicemos ciertos recursos democráticos que están diseñados para salvarnos de situaciones extremas. Quienes buscan revocar a Peñalosa argumentarán que esta es una situación extrema, que su terquedad con el sistema de transporte y la Reserva van der Hammen son perjudiciales para el modelo de ciudad que queremos, y quizá tengan razón. ¿Pero es esto suficiente para cubrir los costos políticos, económicos y sociales que generan unas elecciones, sumados a la inestabilidad que inevitablemente ocasiona, y al odio y resentimiento que desata?

La posibilidad de revocar mandatarios es fundamental, y debe servir como una especie de salvaguarda cuando se cometen trasgresiones sistemáticas contra la población, los derechos humanos, o el progreso. El abuso de este recurso termina por opacar y banalizar su importancia para la democracia. Si la “insatisfacción general” está ligada más bien a un tema o temas específicos es mucho más responsable y sensato protestar y actuar directamente contra esta o aquella política, y no contra la figura del alcalde. La hiperinflación del lenguaje como la de los recursos democráticos terminan pidiendo cada vez medidas más extremas, y nos acostumbran a vivir en el más improductivo antagonismo.

 

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