Por: Daniel Emilio Rojas Castro

Bogotanos y paisas

La rivalidad entre bogotanos y paisas, que hunde sus raíces en nuestra fragmentada y gregaria historia nacional, continúa prefigurando ideas y comportamientos en la política colombiana.

De esa rivalidad inveterada se sirvió el senador Uribe para, tras la victoria del ‘No’ en el referendo, iniciar una cruzada en los medios y en las redes sociales contra Bogotá y los bogotanos. En cuestión de horas, el ímpetu balcanizador del senador, cimentado por acusaciones improbables de comunismo-castro-chavismo contra el presidente Santos, y de violación y pedofilia contra el periodista Samper, actuó como piedra de toque para encender la rabia y la ‘berraquera’ de la vertiente contra el altiplano. Y la estrategia funcionó. 

En el XIX, cuando Colombia experimentó uno de los modelos federales más radicales de América del Sur, Antioquia, como los demás estados federales de ese entonces, disfrutó de un grado de autonomía administrativa sin precedentes. El mito de la antioqueñeidad y, sobre todo, de la ‘raza antioqueña’, más próxima a España que a América, más apta para el trabajo y el comercio que los habitantes de las demás regiones, y digámoslo sin rodeos, más ‘blanca’ que todas las demás pieles morenas del país, se basaba en la oposición a la gélida Bogotá. La capital terminó siendo el término necesario de la ecuación para cimentar la grandeza de los unos y la mezquindad de los otros. Y no sólo los bogotanos iban quedando por fuera de la órbita paisa, pues paradójicamente, junto a ellos también quedaban excluidos los habitantes del Urabá, de las tierras próximas al valle del río Cauca y de una parte considerable de la frontera entre Antioquia y el Chocó…

Nunca tuve espacios reales para criticar a los paisas durante mi lluviosa vida bogotana, pero, en cambio, percibí rápidamente que el mito legendario de la antioqueñeidad no siempre encajaba bien con esa diáspora paisa que tenía que viajar a Bogotá por pensar o actuar diferente, bien por su orientación política o sexual, bien por su mirada vigilante frente un clero intransigente y pervertido, bien por su descontento con una cultura regional que se dejó envolver por el narcotráfico y el paramilitarismo de la noche a la mañana.

En realidad, y creo que muchos paisas son conscientes de ello, los bogotanos criticamos poco a los paisas, o al menos muchísimo menos de lo que los paisas critican a los bogotanos. Si la apatía o la frialdad cachaca contribuyen en algo para explicar ese clivage, creo que también hay que tener en cuenta que esa rivalidad sigue estableciéndose en un sólo sentido, como lo demostraron los trinos del senador Uribe y como lo confirmó el silencio del presidente Santos. La pregunta básica es, pues, si los paisas están tan seguros de la pujanza de su identidad regional, ¿cómo explicar que hayan debido y deban continuar construyéndola en oposición a los bogotanos?

Me atrevo a pensar que las mujeres y los hombres virtuosos de Antioquia le deben más a sí mismos que a su patria regional, como suele ocurrir en cualquier otra región de Colombia y en cualquier otro país del mundo. Muy a pesar del conservadurismo que lo caracterizó hasta su muerte, el gran José Manuel Restrepo no le quitó ni un centavo al erario, ni obró en contra de la república, ni actuó con bajezas al enfrentar a sus adversarios políticos. Pero esas eran prendas de Restrepo, no de la antioqueñeidad, pues si todos los paisas fuesen como él no habría tantos Andrés Felipe Arias, que les quitan a los pobres para darles a los ricos y huyen del país cuando la justicia les exige rendir cuentas sobre el gasto público. De Arias se ha dicho que es un hombre honesto y perseguido políticamente por los hipócritas bogotanos, pero no sé cuántos paisas crean esta historia y, sobre todo, no sé cuántos de los que no la crean estén dispuestos a manifestarlo públicamente.

Hoy la rivalidad entre bogotanos y paisas tiene un clarísimo propósito electoral, y habrá que resignarse a aceptarlo, pues hasta las elecciones del próximo año continuará sirviéndoles a quienes quieren impedir el respaldo nacional a la implementación de los acuerdos de paz. 

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