Por: Columnista invitado

Bojayá: ¿La primicia o la primacía del duelo?

Por María González*

 

En el lugar de la noticia y en los momentos de mayor desolación o apremio una de las más usuales preguntas que formulan los periodistas a las víctimas es acerca de sus sentimientos: ¿Cómo se siente? ¿Qué quiere decirles a todos los colombianos? (Ver anterior columna: Manual de la indignación) … ¿Es eso acaso lo que se entiende por visibilizar o dar voz a las víctimas? ¿Cuál es el sentido de indagar o escudriñar en su dolor? ¿Es esa la verdad o la información que se requiere cuando se habla de esclarecimiento? ¿Es esa información de interés público?

Mostrarle al mundo, dimensionar lo ocurrido, concitar a la indignación o al repudio suelen ser los argumentos invocados para mostrar o sencillamente exhibir el dolor de los demás en los informativos periodísticos. Pero, así como la constatación del dolor nunca ha impedido la guerra, como magistralmente lo expone Susan Sontag, la divulgación del dolor no es en sí misma un antídoto contra el olvido ni contra la impunidad; ni nos hace mejores compatriotas o ciudadanos; ni da por resultado una conciencia más integral de lo que pasa… Menos aun cuando el conocimiento propuesto sobre la guerra en la narrativa mediática suele enfatizar o restringirse a la presentación del horror y la ruina.

La difusión y/o el conocimiento del dolor no equivalen a una mayor comprensión de lo sucedido. En efecto, es preciso destacar que la documentación del sufrimiento es diferente en si misma de la documentación de la guerra o la violencia. El sufrimiento da cuenta de los impactos destructores de la guerra, pero no explica per se las lógicas, ni las responsabilidades, ni las funcionalidades de la guerra…

En aras de la verdad, las víctimas no son la única ni la más privilegiada fuente de información y entonces, su silencio no es un impedimento para la construcción de la verdad. La memoria y su ejercicio tienen sus propios tiempos, espacios y audiencias. En particular la memoria de las víctimas. Es importante escuchar a quien quiere hablar, pero también, respetar al que quiera aplazar su voz (no ahora, no aquí o no todavía), o a quien quiere guardar silencio. Cada cual es dueño de su testimonio. Primo Levi como víctima, fue quién decidió cuándo hablar, cómo hacerlo, qué decir y qué callar. Pero sin su enorme testimonio también nos hubiéramos enterado de los hornos crematorios, de las cámaras de gas; de las alianzas políticas, de los discursos que construyeron y legitimaron el Holocausto. La verdad que requieren las víctimas no es acerca de su dolor, esa ya la conocen. La verdad que requiere la sociedad en su conjunto es la que apunta al esclarecimiento del conflicto armado y a la restitución de la dignidad de quienes lo han padecido.

En el caso particular de Bojayá, la negativa al seguimiento y/o la exhibición de su dolor por parte de quienes no son ni su familia ni su comunidad, no constituye una acción de censura. Tampoco lo fue cuando limitaron el acceso de la prensa a la petición de perdón realizada por las FARC a su comunidad para prevenir la instrumentalización de su experiencia traumática por parte de unos y otros. Las víctimas simplemente aspiran a decidir sobre su dolor, sobre su voz. Tal vez los resultados de la exhumación aporten a una reconstrucción de lo sucedido, y sean una información de interés público. No así el duelo. El duelo le compete con exclusividad a los dolientes más aún cuando ellos mismos lo han solicitado. El

protocolo alrededor de las exhumaciones no es un capricho nacional, ni un abuso de la memoria.

El silencio de las víctimas, o la posibilidad de contarse a sí mismas, no es una declaración de enemistad ni una amenaza hacia la libertad de prensa o la verdad. Esas prácticas solo les competen a los asesinos o a los tiranos. No nos confundamos.

La prensa, la buena prensa, corre peligro en Colombia cuando confronta o pone en evidencia a quienes se disfrazan de prohombres. No por las víctimas. La prensa, la buena prensa, corre peligro en Colombia cuando se asume a sí misma como salvadora o como justiciera. No por las víctimas. La prensa, la buena prensa, corre peligro en Colombia cuando denuncia a los actores armados y sus complicidades sociales, institucionales y políticas. No por las víctimas. La prensa, la buena prensa, corre peligro cuando reemplaza su función investigativa y crítica por el rating, o por “la favorabilidad de la opinión pública”, o por los juicios morales. No por las víctimas. La verdad corre peligro cuando no hay una buena prensa.

La decisión de silencio o de intimidad de las víctimas ha sido puesto bajo sospecha. Les hemos quitado la titularidad de su padecimiento. Qué tristeza.

*Investigadora social
marianonimagonzalez.blogspot.com.co
@MarianonimaG

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