Por: Reinaldo Spitaletta
Sombrero de mago

Borges: el ayer y el todavía

Borges, siempre Borges, como emblema de cultura, de sapiencia, de humor negro, de vastedad en el saber, de todo. El hombre-ciego de los ocasos amarillos y del rojo punzó, invisibles para él, que heredó la ceguera, que quizá por ella vio más que muchos videntes. Qué tipo ese, que poco habló de sexo en sus páginas, aunque sí de amores. El antifútbol, el mismo que, al salirse del coro de escritores y periodistas que echaban incienso al Mundial de Fútbol de 1978, programó a la misma hora de la inauguración, en el partido Argentina-Hungría, una conferencia sobre la Inmortalidad.

El vidente del oro de los tigres y del arrabal que, en rigor, lo inventó él. El que vio el barrio, a Palermo, a través de las rejas de su casa paterna y luego, como para saber del afuera, acogió en su obra al poeta de barriada Evaristo Carriego. Y supo de los arroyos, como el de aquel Maldonado “con menos agua que barro” y de las esquinas rosadas. Borges, el mismo (¿o sería el otro?) a quien sacaron de la dirección de la Biblioteca Nacional para darle un puesto de inspector de gallinas: lo que hacen los políticos demagogos, tan bestiales y burdos.

Borges (Buenos Aires 1899-Ginebra 1986), al que le quedaron debiendo el Nobel, es, por estos días que se ha cumplido el 120º aniversario de su natalicio, un motivo de conversaciones, ensayos, columnas, recordatorios, lo que está muy bien dada su dimensión universal, entre el mito y la historia; sigue siendo pábulo de lecturas críticas y de acercamientos a su obra, compuesta de poesía, cuentos, ensayos, prólogos, conferencias… Ahí está el inventor del sur, el del odio de Emma Zunz, el de las ficciones extraordinarias.

El hombre que honró la amistad de sus más cercanos cómplices, como Bioy Casares, Manuel Peyrou, Victoria y Silvina Ocampo, y a otros, un poco más lejanos, como Enrique Amorín, Norah Lange, Estela Canto, Leopoldo Marechal, María Esther Vázquez y el que, quiérase o no, inventó a un escritor como Macedonio Fernández, está otra vez en los titulares de prensa. Siempre será un honor y una necesidad del espíritu quitarles espacio a los politiqueros y a los asesinos. A aquellos que pertenecen a la historia universal de la infamia.

Borges, el de las noches dantescas, el que vio “la oscuridad que ven los ciegos”, vuelve a estar en la palestra de la que nunca se ha ido. Es, a lo Troilo, un hombre que siempre está llegando. Y llega, a unos, más con su Fervor de Buenos Aires, uno de sus primeros libros de poemas, en los que el lector viaja por patios, calles, barrios, cementerios y alguna sala vacía. “No habrá sino recuerdos. / Oh tardes merecidas por la pena” … A otros, con sus relatos de maravilla o sus ensayos de ficción.

Los aniversarios tienen la propensión a un reencuentro. A nuevas pesquisas. A lecturas renovadas. Y tal parece ser lo que, por estas jornadas, ocurre con Borges y su obra. En ella están la eternidad y el infinito, como los laberintos y los espejos. Y, cómo no, es ocasión para mirar posiciones contrarias a la estética o a las actitudes del Borges escritor, del Borges ciudadano, en fin. “Su erudición era extravagante y unilateral, limitada a las lecturas hedonistas, a su memoria selectiva, a la Enciclopedia Británica…” (y otras enciclopedias), dice Juan José Sebreli, uno de los coautores del libro Antiborges.

Borges el memorioso, más que alguno de sus personajes, vuelve con su Lujanera, aquella mujer que “verla, no daba sueño” y con su musical emoción poética. Con sus compadritos y sus moreyras, con los enigmáticos puñales y las unánimes noches, con los áureos tigres y el inacabable río de Heráclito. Borges, el que aborreció el tango, más que todo aquel entristecido por los italianos, hizo, tal vez, el más hermoso poema al tango (en realidad, un poema sobre el tiempo), y dejó constancia de su relación amor-odio con ese género extraordinario en su yunta con Astor Piazzolla.

“Esa ráfaga, el tango, esa diablura, / los atareados años desafía…” sigue diciendo una voz que viene del más allá y recala en la historia, se detiene frente a algún portón y canta. Ahí está él en su mitología de puñales, en sus alquimias verbales, en las prosas sin cansancio. Es un eterno Quijote que se reescribe, un círculo infernal, un punto desde el cual se puede ver el infinito…

¿Cuántos Borges hay? Tantos como los crepúsculos, como los sueños. El hombre, que también es un baile de milonga, está ahí, sentado frente a un río de “sueñera y de barro”, el mismo que, como su Buenos Aires, tiene una fundación mítica e irreal, como el otro Borges.

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