Por: Arturo Charria

Brasil, mañana será otro día

El 31 de marzo de 1964, los tanques se tomaron las calles de Río de Janeiro. Esa mañana sin sol, las botas sonaron como el eco de metales destemplados y en las playas de Ipanema la arena se convirtió en ceniza: la sombra de la dictadura lo cubrió todo durante 21 años. Fue el primero de los regímenes militares que durante más de 20 años invadieron el continente. De Brasil la represión saltó a Uruguay, Chile, Argentina, Paraguay y Bolivia. En todos los países la doctrina de la “Seguridad Nacional” y la teoría del “Enemigo Interno” justificaron la tortura, el secuestro, la desaparición forzada y el asesinato de miles de personas. Por eso, la invitación de Jair Bolsonaro a conmemorar los 55 años del golpe militar es una afrenta para los brasileros, pero también para las víctimas de todas las dictaduras de América Latina.

Mientras la voz marcial intentaba copar cada espacio íntimo en Brasil, la resistencia a la dictadura se hacía al ritmo de la naciente bossa nova. Letras y canciones que duraban unos cuantos días en la radio hasta que los militares entendían un mensaje que parecía inaccesible a su sensibilidad castrense. Así fue como Chico Buarque logró denunciar la crueldad en la vida de millones de brasileros que morían en la miseria y se convertían en un estorbo que “enturbiaba el tráfico”. La canción Construção cuenta la historia del último día de un obrero que “Alzó en el balcón cuatro paredes sólidas / Ladrillo con ladrillo en un diseño mágico / Sus ojos embotados de cemento y lágrimas”. Porque el esplendor de la economía brasilera era construido por hombres y mujeres que morían en el anonimato.   

La dictadura avanzaba y las canciones de Buarque cada vez resultaban más contundentes, lo que no implicaba que disminuyeran su alegría y poesía. Es así como escribe y canta, junto a Milton Nascimiento y Gilberto Gil, Calice, una canción que evidenciaba la brutalidad y el estado emocional de vivir en dictadura. La letra jugaba con un trasfondo religioso, pues “calice’ traduce “cáliz”, pero también suena como “cale-se”, es decir, “cállese”: “Cómo beber esa bebida amarga / Tragar el dolor, aguantar el trabajo / Aún callada la boca resta el pecho / Silencio en la ciudad no se escucha (…) Tanta mentira, tanta fuerza bruta”.  

Vino el exilio, la prohibición, los discos fueron quemados y las canciones, censuradas en la radio. Pero la gente las sabía de memoria y en las pancartas que exigían el fin de la dictadura se leían los versos clandestinos de Buarque. Su canción Apesar de você se convirtió en un himno de esperanza y en la ilusión de ese otro día que estaba por venir, porque “A pesar de usted / mañana ha de ser otro día”. Pocas canciones de protesta tienen un contraste tan grande entre la denuncia y la alegría musical: “Usted que inventó la tristeza / tenga hoy la fineza / de desinventar”, canta Buarque al ritmo de la samba.

De ahí que la invitación de Bolsonaro para conmemorar el inicio de la dictadura haya sonado tan destemplada, como hace 55 años lo hicieron las botas militares sobre la playa. Sin embargo, no bastan los delirios de un presidente para inventar el pasado, como años atrás otros dictadores quisieron “inventar la tristeza”. Y, por delirantes que parezcan las palabras de Bolsonaro, estas no se pueden trivializar, pues en Colombia hay quienes ven en este presidente un modelo y aplauden sus desatinos. Por eso, de manera contundente debemos cantar la estrofa de Buarque, como si se tratara de nuestra propia historia: “Apesar de você / Amanhã há de ser / Outro dia”.  

@arturocharria

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